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Bases de nuestra fe

Enraizados en la gracia de Dios

 
Nuestra herencia metodista unida está enraizada en un entendimiento profundo de la gracia de Dios. Esta gracia maravillosa procede del gran amor que Dios nos tiene.
 
La gracia puede definirse como el amor y la misericordia que Dios nos da, porque Dios así lo quiere y no por alguna cosa que nosotros hayamos hecho para merecerlo.
 
Efesios 2:8-9 dice: “Porque por gracia ustedes han sido salvados mediante la fe; esto no procede de ustedes, sino que es el regalo de Dios, no por obras, para que nadie se jacte” (NVI).
 
En el libro Our Beliefs: The United Methodist Way, escrito por el Obispo Kenneth L. Carder, leemos: “La gracia de Dios es la presencia y poder de Dios para crear, sanar, perdonar, reconciliar y transformar a las personas, comunidades, naciones y el universo entero. Donde Dios está presente, allí está la gracia, el poder de Dios para renovar y transformar”.
 
Juan Wesley, fundador del movimiento metodista, describió la gracia de Dios como tripartita: gracias preveniente, justificadora y santificadora.
 
El Libro de Disciplina afirma: “Aunque Wesley compartió con muchos otros cristianos la fe en la gracia, justificación, seguridad y santificación, las combinó en una forma poderosa para crear un énfasis distintivo para vivir la vida cristiana plena” (párrafo 102).
 
 

Gracia preveniente

 
Wesley entendió la gracia como la presencia activa de Dios en nuestras vidas. Dios va delante de nosotros para preparar “sanidad y una vida completa”, una vida de amor a Dios y al prójimo. Esta presencia no depende de las acciones o las respuestas de los humanos. Es un don que está siempre disponible, pero que puede rechazarse.
 
La gracia de Dios despierta en nosotros el deseo de conocer a Dios y nos capacita para responder a la invitación de Dios de relacionarnos con él. La gracia de Dios nos capacita para discernir entre el bien y el mal y hace posible que podamos elegir el bien.
 
“La gracia preveniente”, escribe Carder, “se ejemplifica por aquel momento en que el hijo pródigo (Lucas 15:11-32) se da cuenta de su estado de perdición. El anhelo de volver a casa, la conciencia de haber traicionado y el impulso al arrepentimiento, son todas manifestaciones de aquella gracia que nos prepara para un futuro nuevo”.
 
Dios toma la iniciativa en su relación con la humanidad. No tenemos que rogar o suplicar el amor y la
gracia de Dios. ¡Dios nos busca activamente!
 
 

Gracia justificadora

 
Pablo escribió a la iglesia de Corinto: “en Cristo, Dios estaba reconciliando al mundo consigo mismo, no tomándole en cuenta sus pecados y encargándonos a nosotros el mensaje de la reconciliación” (2 Corintios 5:19b, NVI). En su carta a los romanos, Pablo escribió: “Dios demuestra su amor por nosotros en esto: en que cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8, NVI).
 
Estos versículos demuestran la gracia justificadora de Dios. Apuntan a la reconciliación, el perdón y la restauración. A través de la obra de Cristo, se nos perdona los pecados y se restaura nuestra relación con Dios.
 
Según Wesley, la imagen de Dios, la cual el pecado distorsiona, es renovada en nosotros por medio de la muerte de Cristo. En la gracia justificadora, el cristiano reconoce su situación humana, toma la decisión de volverse hacia Dios y se hace responsable de formarse una vida de discipulado. Esta dimensión de la gracia de Dios es también un don. Sólo la gracia de Dios puede llevarnos a una relación con Dios. No necesitamos saltar ninguna valla para complacer a Dios y para ser amados por Dios. Dios ha actuado en Jesucristo, sólo tenemos que responder en fe.
 
Este proceso de salvación produce un cambio en nosotros que llamamos “conversión”. La conversión es un cambio de creencia, perspectiva espiritual y forma de vida. Podría ser súbito y dramático o gradual y cumulativo. Como sea, marca un nuevo comienzo.
 
Como Jesús le dijo a Nicodemo:  “Tienes que nacer de nuevo” (Juan 3:7b, NVI), hablamos de esta conversión como un nuevo nacimiento, una nueva vida en Cristo o regeneración.
 
La justificación también es un momento de arrepentimiento por el que abandonamos conductas enraizadas en el pecado para adoptar conductas que expresan el amor de Dios. En la conversión, podemos esperar recibir seguridad de nuestra presente salvación a través del Espíritu Santo, quien “le asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios” (Romanos 8:16b, NVI).
 
 

Gracia santificadora

 
La salvación no es algo estático que sólo ocurre una vez en nuestra vida. Es una experiencia continua de la presencia de Dios que, con su gracia, nos transforma para que seamos lo que él quiere que seamos. Wesley describió esta dimensión de la gracia como “santificación” o “santidad”.
 
En el libro Who Are We?: Doctrine, Ministry and the Mission of The United Methodist Church, el Obispo Carder nos dice que, con la ayuda de Dios, debemos avanzar en el camino de la santificación hacia la perfección. Cuando Wesley habló de la perfección no quiso decir que no cometeríamos errores o que no tendríamos debilidades. Más bien, se refirió al proceso continuo de ser hechos perfectos en nuestro amor a Dios y al prójimo y de ser limpiados de nuestro pecado.
 
Fuentes
 
“Teachers as Spiritual Leaders and Theologians”.Junta General de Discipulado. Usado con permiso.
 
The United Methodist Member’s Handbook, por George E. Koehler
 
“Our Wesleyan Heritage”, www.umc.org