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Tributo a Raquel Gutiérrez-Achón

 

Por Yolanda Pupo-Ortiz

Conocí a Raquel en los años tempranos de mi juventud cuando, aún en medio de la situación turbulenta de nuestra patria, había tiempo para estudiar, hacer amistades, reír y soñar sobre el futuro.

Vivíamos en uno de los lugares más lindos del mundo, en la colina al final de la calle Dos de Mayo desde donde se disfrutaba la vista del valle de Yumurí y de la bahía de Matanzas. Éramos estudiantes del Seminario Evangélico de Teología de Cuba, un seminario ecuménico de las iglesias presbiteriana, metodista, episcopal y de los amigos (o cuáqueros).

Raquel era exigente porque sabía que podíamos dar mucho más. Teníamos buenos profesores. De modo que, cuando se anunció que tendríamos una directora de coro cubana, sabíamos que ella sería de lo mejor. ¡Y no nos equivocamos! Cuando conocimos a la señorita Raquel supimos que la música en el Seminario y en la iglesia sería de la mejor calidad. Raquel Gutiérrez venía con todas las credenciales necesarias. Proveniente del antiguo Puerto Central Preston (que hoy se llama Puerto Guatemala) y formada en un hogar metodista, había estudiado primero en el Conservatorio de Música de Santiago de Cuba y después en Peabody College, en Tennessee, y en el Conservatorio de Chicago. No fueron sus credenciales las que nos impresionaron, sino el hecho de que en todo lo que hacía revelaba su genio y pasión por la música. No hacía falta más que verla sentarse al piano. Cuando sus dedos se posaban en las teclas, sabíamos que teníamos entre nosotros a alguien a quien Dios le había dado el don especial de la música, la cual fluía de todo su ser.