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Holy Thursday foot washing at Belmont United Methodist Church, Nashville, Tennessee. Photo by Mike DuBose, United Methodist News Service.

Foto de Mike DuBose, UMNS.

Lavamiento de pies en la Iglesia Metodista Unida de Belmont, Tennesse, durante el jueves santo.

Nada era más importante que lavarle los pies

Por Sam Murillo | 2 de abril, 2015
Traducción y adaptación por Amanda M. Bachus (*)

Era una mañana fresca de un 3 de mayo de 2013. Me dirigía al trabajo contento que era viernes. Había sido una semana muy ocupada y me sentía un poco cansado.

También me sentía un poco desanimado. Probablemente estaba experimentando lo que yo llamo ‘la fatiga de un siervo’. Es lo que sentimos cuando empezamos a cuestionar nuestros esfuerzos y si nuestro empeño en servir a Cristo en el mundo realmente hace una diferencia. ¿Quién extrañará nuestros esfuerzos si dejamos de servir?

Unas horas más tarde, mientras tomaba mi paseo matinal, sufrí un ataque cardíaco masivo. Como si la insuficiencia cardíaca no fuera suficientemente grave, también agarré una misteriosa y peligrosa infección que causaba complicaciones respiratorias incluyendo hemorragia pulmonar severa. El objetivo principal de los médicos era mantenerme con vida el tiempo suficiente para detener la infección.

Niño Milagro

Estuve en un estado de coma durante cinco semanas. Mi familia se preparó para lo peor --si sobrevivía, probablemente estaría confinado a una cama pues, seguramente, había sufrido daño cerebral. Sin embargo mi hermano Benjamín se aferró a las palabras de Jesús: "¿No te dije que si crees verás la gloria de Dios? —le contestó Jesús” (Juan 11:40). Poco a poco, empecé a mostrar signos de mejoría. Y cada vez mejor y mejor. Mis médicos y cuidadores estaban asombrados y estupefactos. Algunos empezaron a llamarme el "niño milagro".

Una tarde, una de mis enfermeras favoritas había terminado de realizar sus tareas de rutina. Terminó con su cartografía, y mirándome, se detuvo junto a mi cama.

"Estuviste muy mal y por mucho tiempo", dijo. "Pasaste por mucho”. Tengo curiosidad. ¿Viste o experimentaste alguna cosa inusual?"

Levanté la vista y le dijo: "Pasé un buen momento. Tuve un momento muy agradable con Jesús." Le dije que tuve un par de sueños o visiones y aprendí algunas cosas. Aparté la vista y no dije nada más. Después de varios segundos de un frío silencio, un poco irritada, ella preguntó "¡¿Cómo?!"  Le conté uno de los sueños.

Volaba en lo alto por encima de una hermosa costa. Desde el tope de exuberantes acantilados verdes se puede ver la playa de arena blanca. Volando como un águila a lo largo de esta majestuosa costa me encontré con muchas personas reunidas a la orilla. Decendí  y empecé a caminar hacia ellos. La gente iba y venía, pero todos se juntaban en torno a un joven que parecía estar escuchando y aconsejando.

Una mujer le decía a otra: "Pregúntale al Señor sobre eso". Apuntando al joven pregunté: "¿Es ese el Señor?" Ella no me respondió. Le pregunté: "¿Dónde está este lugar? ¿Dónde estoy?". Nadie me miró. Era como si no pudieran verme. Me abrí paso entre la multitud para estar más cerca del hombre. Tenía una toalla atada a la cintura, pero no pensé mucho en ello.

El despidió a una persona, traté de llamar su atención y le pregunté: "¿Eres tú el Señor?".

En lugar de responder a mi pregunta, él simplemente se volvió y se arrodilló delante de una anciana sentada en un pequeño taburete en frente de una tinaja. Las personas en la fila esperaban para hablarle. Él lavó los pies de la mujer y los secó. Luego la besó en la cabeza y se volvió hacia la gente en la fila. Después de hablar con un par de ellos, se dio la vuelta, se arrodilló delante de un joven que parecía tener esclerosis múltiple y procedió a lavar sus pies.

Nada era más importante que lavarle los pies

Esto de arrodillarse a lavar los pies y levantarse para hablar con la gente en la fila se prolongó durante bastante tiempo. Finalmente, sintiendo impaciencia con su forma ineficiente de hacer varias cosas a la vez le dije: "Señor, ¿por qué pierdes tiempo lavándoles los pies cuando todas estas personas están esperando en fila para hablar contigo para obtener tu dirección en asuntos importantes?".

El Señor detuvo el lavado de pies. Poniéndose de pie frente a mí, me miró directamente a los ojos, pero no dijo nada.

Luego, con una de las miradas de compasión más profundas que nunca había visto, dijo, "No hay nada más importante en el cielo o en la tierra que lavar los pies". Tomó la toalla en sus manos, se dio la vuelta y volvió sobre sus rodillas para terminar lo que había empezado.

Inmediatamente, comencé a sentirme que iba a la deriva. "¡Señor!" grité "¡Dime más! Por favor, ¿qué quieres decir?".

Me desperté en mi habitación del hospital, era la media noche. Durante las próximas semanas estuve recibiendo terapia y trabajé duro, pero a menudo mi último pensamiento en la noche fue "Señor, tu me has dicho que no hay nada más importante en el cielo o en la Tierra que lavar los pies. Por favor, ayúdame a entender".

Mi respuesta no llegó en otro sueño, pero a la media tarde de un día miércoles. Yo estaba caminando por los pasillos de mi centro de rehabilitación, trabajando para ganar fuerza y ​​resistencia. Al pasar una habitación, miré y vi que el residente, un hombre mayor de aspecto frágil, se había caído entre su silla de ruedas y su cama. Debí haber usado el botón de llamada, pero simplemente me acerqué y traté de ayudarlo. Él se había ensuciado. Avergonzado, me pidió disculpas por tener que ayudarlo en esas condiciones. Me las arreglé para hacerle llegar al baño.

Amar para servir, servir para amar

De vuelta en mi habitación me dejé caer en la cama, exhausto por mi pequeña excursión. Entonces, de la nada, unas palabras vinieron a mí como un susurro tranquilo en mi oído: "… Eso era lavar los pies.  Nunca, nunca dejes de lavar los pies. Cada vez que lo hagas voy a saber lo mucho que me amas".

De repente me llené de emoción. Me emocioné mucho. Finalmente entendí. Aquí está el Señor, el Redentor que necesita saber de nosotros y ver que realmente lo amamos --todos los días – de grandes y pequeñas maneras.

Cuando ayudamos a leer a un niño de una escuela en un distrito pobre, lavamos los pies. Cuando llevamos alimentos a un convaleciente o persona discapacitada, lavamos los pies. Cuando cruzamos las puertas de hierro de una prisión para amar a los que no son amados, lavamos los pies. Cuando mis hermanos y hermanas en Cristo cuidaron a mi familia y a mí mientras yo estaba convaleciente, lavaban los pies. Mi pastor, la Rvda. Carol Cavin-Dillon, estaba en la unidad intensiva de cuidado conmigo. Probablemente preguntándose si yo iba a salir de esto, ella estaba allí temprano en la mañana con la oración y la lectura de las Escrituras. Mi pastora lavó mis pies, cuando yo ni siquiera estaba consciente.

Muchos otros hicieron cosas especiales y amorosas para mi familia y para mí. Cada vez que me lavaban los pies puedo imaginarme ver a Jesús con una amplia sonrisa en su rostro, radiante de orgullo y alegría por su demostración de amor hacia él.

Si tus obras de justicia y misericordia empiezan a ponerte un poco tenso o tensa, ¡por favor! tomate un descanso. Pero, por favor regresa y no dejes de servir a los menos de nosotros. No pienses ni por un minuto que tu amor y tu sacrificio no importan. Nunca pienses que tu tiempo y esfuerzo pasan desapercibidos y despreciados. Yo creo que cada vez que laves los pies a alguien, el Señor lo ve y lo aprecia como si fuera una hermosa carta de amor tuya, y sólo de ti para él.

Cuando tomamos el pan y la copa, damos un pequeño vistazo a la profundidad del amor de Cristo por nosotros. Pero cuando nos lavamos los pies los unos a los otros, entonces tenemos el privilegio de darle a Cristo un vistazo de cuan ancho, largo, alto y profundo es nuestro amor por él. Es posible que pensemos que no es mucho, pero creo firmemente que significa todo para él. Creo con certeza, que para él no hay nada más importante en el cielo o en la tierra que yo lave tus pies, y tú laves los míos.

Washing Feet: A Dream for a Servant. Artículo original en inglés fue publicado en Interpreter magazine, July-August, 2014. 

* Sam Murillo es miembro de la Iglesia Metodista Unida Cristo en Franklin, Tennessee.  El Jueves Santo del año 2014 compartió esta historia por primera vez. Sam se recuperó del ataque al corazón y la infección. En la Navidad de 2013, regresó al trabajo a tiempo completo como un socio de la firma financiera. Él y su esposa, Susan, tienen dos hijos Jessica y Jared, su yerno Aarón y su nieto, Sutton.