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Foto cortesía de la Conferencia Anual de Holston.

Rosa Casales (a la izquierda, sosteniendo la manguera de agua) juega juegos de agua con los niños que asisten al campamento en la comunidad en Lenoir City.

Metodista e indocumentada: su propia historia la conecta con la niñez inmigrante

 

Por Annette Spence*/ Traducción: Conferencia Anual de Holston **/ Revisión: Rev. Gustavo Vasquez ***
22 de julio de 2018

LENOIR CITY, Tennessee.

Rosa Casales(1) trabaja lejos de su hogar este verano, aunque se siente como en casa en las húmedas calles de esta pequeña población.

Ella es uno de los miembros del personal enviado a participar en Camp in the Community, un ministerio gratuito que lleva a cabo una iglesia local de la Conferencia Anual de Holston en las comunidades más pobres, donde los niños (algunos de ellos inmigrantes) pueden disfrutar de una semana completa de actividades al aire libre y fortalecer su fe.

“El campamento es un espacio en el que los niños están con personas que los comprenden y no los discriminan; donde habrá materiales tanto en inglés como en español”, dice.

Casales, de 20 años, es subdirectora local en un campamento móvil que este verano visitará ocho vecindarios. A ella le gusta conocer nuevas comunidades y ayudar a los niños, sobre todo a aquellos cuya experiencia es similar a la de las familias de inmigrantes detenidas en la frontera de Texas, que son difundidas por los medios de comunicación en estos tiempos.

Es obvio que esta crisis la tiene en mente: “Dios decidió que estos niños sean felices en los campamentos en vez de ser separados de sus familias”, dice.

En el día de hoy en Lenoir City, Casales comparte el Campamento con 35 niños en la Iglesia Metodista Unida (IMU) de Trinity. En las semanas previas, Casales y la directora de local, Leslie Weller, llevaron la experiencia de los campamentos a la IMU de Pleasant View en Abingdon, Virginia; la IMU McKendree en Jasper, Tennessee; y a la IMU San Juan en Maryville, Tennessee.

En San Juan, 80 niños participaron en el campamento: “Me impresionó la asistencia. El 90 por ciento eran niños hispanos. La gente en el país tiene miedo en estos momentos, pero creo que se sintieron abiertos y seguros porque Camp in the Community se ha venido realizando allí desde hace muchos años, por lo que se han construyendo muy buenas relaciones”, dice Casales. 

Choque cultural

Camp in the Community comenzó como una extensión de Campamento Wesley Woods en 2011. Hoy, este es uno de cinco campamentos organizados por la Conferencia Anual de Holston. Durante este verano el campamento asiste un total de 1440 niños en 24 comunidades de fe. 

Whitney Winston es la directora fundadora. Ella cuenta que conoció a Casales cuando era una adolescente voluntaria en 2013, cuando Camp in the Community fue a la IMU Liberty Hill en Morristown, estado de Tennessee. Si bien Casales tiene sus raíces católico-romanas, ella comenzó a asistir a la Liberty Hill en la secundaria y lleva haciéndolo desde entonces. “Todos los veranos le pedía que viniera a trabajar con nosotros, y finalmente aceptó y lo hizo por primera vez cuando aún estábamos en Wesley Woods”, dice Winston.

Casales formó parte del personal de verano en el Campamento Wesley Woods en 2015 y en seguida conectó con campamento de la iglesia. “Nunca había acampado en el bosque en mi vida. Definitivamente fue un shock cultural. Definitivamente aprendí a apreciar la naturaleza y conocí a una comunidad fantástica”, dice Casales riendo.

Casales cita otras experiencias con La Iglesia Metodista Unida que le han llevado a ser quien es, incluyendo “Resurrección” para jóvenes y “Divine Rhythm” para jóvenes adultos, pero algo pasó esta primavera que le hizo apreciar aún más la iglesia que escogió siendo adolescente.

El 5 de abril estaba en clase en la Universidad Comunitaria Walters State cuando se enteró de que agentes federales habían hecho una redada en una planta procesadora de carne ecercad de Bean Station, arrestando a casi 100 empleados sospechosos de encontrarse ilegalmente en el país.

“Entré en pánico, nunca pensé que eso pasaría. Comencé a preocuparme por mis amigos y mi familia”, dice Casales. A su teléfono no paraban de llegar mensajes, incluyendo uno de una amiga cuya madre había sido arrestada. “Su padre estaba fuera de la ciudad. Su hermano iba a la escuela. Así que esta joven universitaria pasó de ser hermana e hija, a ser la cabeza de familia de un día para otro”, nos cuenta.

Para Casales, el dolor que sintió por las familias afectadas por la redada era algo más que empatía. Cuando estaba en quinto grado, su propio padre fue deportado a México. “Un día no vino a casa y eso fue todo”, dijo y decidió no hablar más del tema.

Rosa Casales no ha visto a su padre en 10 años. Él no puede venir a donde está ella, y ella no puede ir a donde está él. Si sale de los EE. UU. para visitarlo tal vez no la dejen volver a entrar. Esto se debe a que Casales llegó a los EE. UU. a los seis años de edad y tiene el permiso temporal de trabajo y protección contra la deportación por medio del DACA, pero no tiene un estatus migratorio legal.

Alzar la voz

“Es bueno ver que La Iglesia Metodista Unida” fue una de las primeras en pronunciarse al respecto”, dice Casales sobre los días que siguieron a la redada en Bean Station. Después que esto sucedió, Casales fue inmediatamente reclutada como intérprete español-inglés para ayudar a las familias afectadas por los arrestos y el cierre de la planta procesadora de carne, ya que la mayoría de sus empleados eran de México. Casales ya era una activista y portavoz a tiempo parcial para la Coalición por los Derechos de Inmigrantes y Refugiados de Tennessee, así que se sumó a la ayuda.

En Morristown, la Iglesia Católico-Romana de St. Patrick, abrió sus puertas a las agencias y trabajadores que acudieron a ayudar después de que los grupos por los derechos civiles llamaron la atención sobre la redada más grande, llevada a cabo en un sólo centro de trabajo, en los últimos diez años.

Aún así Casales estaba impresionada cuando vio a los metodistas unidos citando sus “Principios Sociales”, que dicen: “Nos oponemos a las políticas de inmigración que separan a los miembros de las familias o que incluyen la detención de familias con niños”. Vio a congregaciones metodistas unidas recolectando dinero, provisiones y participando en vigilias con inmigrantes y otras denominaciones.

“No es fácil. A veces no puedes alzar la voz sin perder algo … Pero a las iglesias metodistas unidas no les importó la posible pérdida de miembros o de donaciones. Simplemente decidieron que aquello estaba mal. Decidieron comportarse como cristianos”, dijo.

Durante seis semanas tras la redada, Casales compartió su tiempo entre sus clases en la universidad y largas jornadas de varias horas ayudando a gente afectada por la redada.

“Entrevistamos a las familias, conseguimos abogados, buscamos recursos, tratamos de reconfortarlos y de ofrecerles un lugar seguro. Vi mucho sufrimiento en los niños. Definitivamente me vi reflejada en su dolor y en su extrañar a los seres queridos, vi a una niña pequeña que celebraba su décimo cumpleaños con una llamada telefónica de su madre que se encontraba en el centro de detención”, dice.

Pasión por la gente

El 27 de julio, Casales y los otros 19 miembros del personal de Camp in the Community completarán ocho semanas de compartir estudios bíblicos, enseñar tiro con arco, jugar con agua y otras actividades de campamento. Para entonces habrán trabajado con no menos de 250 voluntarios y habrán servido a comunidades de bajos ingresos desde el Módulo del Condado de Giles en Narrows, estado de Virginia, hasta la IMU Jones Memorial en Chattanooga, estado de Tennessee.

Kacye Castenir, un miembro de la iglesia de San Juan en Maryville, dijo estar impresionada por la fe de Casales así como por su “pasión por las personas que forman parte de su comunidad”: “Ella, como los demás trabajadores, ama a los niños de nuestra comunidad y les muestra a Cristo durante la semana. Está tan contenta de haber estado en nuestra iglesia,  porque tenemos gente hispana. Nos dio información para ayudar a la gente de la comunidad a conocer sus derechos”, dice Castenir.

Winston dice que Casales “dio un gran salto” al pasar a trabajar en Camp in the Community este verano. “Realmente sentía el llamado de Dios para hacer esto, y aunque esto la atrase un poco en el proceso de ahorrar para poder dedicarse en exclusiva a sus estudios, ella creía tanto en ese llamado que igual lo hizo”.

Casales es una estudiante de segundo año de ciencias de laboratorio médico. Sus progresos son lentos porque no califica para recibir becas estatales. Paga unos $2,000 por clase. Mediante su trabajo para la Coalición por los Derechos de los Inmigrantes y Refugiados de Tennessee, Casales ha ayudado a promover una ley que permita a los estudiantes indocumentados acceder a becas estatales en las escuelas públicas. Está recaudando dinero para un fondo de ayudas académicas para ayudar a otros estudiantes indocumentados en su situación.

“Es desolador verla trabajar 10 veces más que la mayoría y aún así no recibir la oportunidad de perseguir sus sueños”, dice Winston.

Casales es consciente de las consecuencias de alzar la voz por sus iguales. Recientemente ha recibido insultos y amenazas tras su aparición en los medios por su labor tras la redada de Bean Station. Aun así cree que al final, el amor y la preocupación por las familias inmigrantes mostrados por los metodistas unidos y otros darán un resultado “hermoso”.

“A veces siento que me lo han quitado todo: a mi padre, mi matrícula, mi libertad. A veces me siento discriminada. Pero nunca podrán quitarme mi experiencia en los campamentos ni mi fe”, dice.

 (1) Rosa Casales es un nombre ficticio. 

* Para contactar con Annette Spence escriba al annettespence@holston.org.

** Artículo publicado originalmente por la Conferencia Anual de Holston. Para lee la publicación original abra aquí.

*** El Rev. Gustavo Vasquez es el Director de Noticias para la comunidad hispano/latinas  del Servicio Metodista Unido de Noticias (SMUN). Puede contactarle al (615)742-5111 o por el gvasquez@umcom.org.