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¡Justicia!

Por Maria-Pia N. Chin
16 de noviembre de 2015

Aunque era el cuarto mejor en su clase en la escuela secundaria, a Juan Martínez nunca lo impulsaron a tomar clases avanzadas o a pensar en ir a la universidad. Se había dado por hecho que trabajaría en el campo, como muchos otros latinos en California en la década de 1970.

Sin embargo, Martínez, quien es rector del Seminario Teológico Fuller en Pasadena, California, tenía otro llamado. Continuó sus estudios y fue pastor de la Iglesia Hermanos Menonitas. Actualmente tiene dos maestrías y un doctorado, si bien Martínez reconoce que su padre, quien también fuera pastor, fue el que le enseñó cómo ser ministro en la comunidad latina.

Desde niño Martínez observó como su padre ayudaba a familias separadas por redadas migratorias, apoyaba a trabajadores que sufrían explotación y marchaba al lado de otros líderes de Kettleman City, California, para protestar por un terreno lleno de desechos tóxicos, abierto sin informar a los trabajadores inmigrantes que vivía en la localidad. Sin embargo, el padre de Martínez nunca pensó que trabajara buscando “justicia social”, un término que él asociaba con iglesias que minimizaban la moral y salvación personal. Para su padre, según Martínez, el enfrentarse a las injusticias que afectaban a su congregación era simplemente “parte de la vida diaria de la iglesia”.

Al igual que su padre, el ministerio de Martínez como pastor latino lo hace lidiar con las realidades de su congregación, incluyendo la difícil situación de los migrantes. Sin embargo, a diferencia de su padre, a Martínez no le molesta la etiqueta de “justicia social” porque cree que la iglesia existe para la transformación de la comunidad y la conversión personal.

“No puedes ser un pastor latino y no trabajar con los indocumentados, ni tratar el tema del sistema educativo, ni discutir los salarios en zonas urbanas o rurales”, expresa Martínez. “Es algo presente cada día y tenemos que enfrentar las consecuencias”. Lo que está empezando a cambiar, añade Martínez, es que una nueva generación de líderes latinos y latinas están usando “un vocabulario de justicia social” para llamar la atención a los problemas que están enfrentando sus comunidades.

“Creo que esto está creciendo”

En el 2011, el presidente Barack Obama miró con detenimiento la habitación llena de pastores reunidos para el X Desayuno Nacional de Oración Hispano. “Tengo que decir”, expresó el presidente Obama, quien había ido al evento dos de años antes, que “creo que esto está creciendo”.

“Los temas de la justicia social—vistos a través de los lentes afroamericano, latino y de asiáticos orientales—no son los mismos”.

El presidente Obama tenía razón. La población latina en EE.UU.—actualmente 17 por ciento del total de la población en el país—continúa creciendo y se espera que se duplique para el 2060. Ya que más de 80 por ciento de los latinos en EE.UU. se identifican como cristianos, los líderes latinos y latinas están transformando el panorama de la cristiandad en EE.UU.

Si se quiere tener una idea de cómo será el nuevo panorama religioso en el futuro, hay que considerar la Coalición Nacional de Latinos Evangélicos (NaLEC, por sus siglas en inglés), una de las organizaciones hispanas de más rápido crecimiento y que es liderada por el Rev. Gabriel Salguero y fue la gran noticia del 2015 al ser la primera entidad evangélica en oponerse oficialmente a la pena de muerte. O también Ministerios Esperanza, la red de congregaciones latinas que creo el Desayuno Nacional de Oración Hispano y que ha invertido $13 millones en fortalecer comunidades latinas al construir viviendas, brindar capacitación laboral, ofrecer asistencia legal para inmigrantes de bajos recursos y lanzar un programa de educación sobre del VIH/SIDA. O igualmente considerar la Conferencia Nacional de Líderes Hispanos Cristianos, cuya visión, según su página web, es reemplazar “la imagen exacerbada de los medios de comunicación de evangélicos blancos enfurecidos” con “una convincente y compasiva comunidad multiétnica seguidora de una cultura del reino comprometida con compartir la verdad con amor”.

Por supuesto el liderazgo cristiano latino se extiende más allá de las organizaciones latinas. Y estos líderes no se andan con rodeos: La fe y la justicia social están re-lacionadas inextricablemente. “Hemos sido llamados a hacer del mundo un lugar más justo”, declara la obispa de los Ángeles Minerva Carcaño, primera latina en ser obispa de la Iglesia Metodista Unida, co-nocida como defensora de los derechos de los inmigrantes. Al recordar cuando crecía en el Valle del Río Grande en Texas, una de las áreas más pobres de Estados Unidos, Carcaño dice que se siente llamada a abrir las puertas a otros.

Anthony Suárez-Abraham, primer director de la Oficina de Paz y Justicia de la Arquidiócesis Católica de Chicago de ascendencia latina, está de acuerdo. “Para los cristianos trabajar por la justicia no es un aspecto opcional de la fe sino una expresión de ella”, dijo. Para ilustrar cómo el liderazgo latino puede cambiar la cristiandad en EE.UU. señala el ejemplo del papa Francisco, primer pontífice originario de América Latina. “A semejanza del papa Francisco quien representa una perspectiva no europea del papado, el liderazgo cristiano latino e hispano mejoraría los movimientos de justicia”.

Un enfoque a la justicia social de abajo hacia arriba

“Los temas de la justicia social—vistos a través de los lentes afroamericano, latino y de asiáticos orientales—no son los mismos”, dice Juan Martínez. En otras palabras, al redefinir el panorama de la cristiandad estadounidense, los cristianos latinos también están redefiniendo el llamado bíblico a la justicia social.

Hosffman Ospino, profesor asistente de la Escuela de Teología y Ministerio de Boston College, lo expresa así: “Los latinos no te-nemos que imaginar la pobreza. Los latinos no necesitamos imaginar lo que es ser indocumentado porque es probable que un tío o un amigo o un vecino lo haya experimentado”. Por eso, a diferencia de sus contrapartes euroamericanas, los líderes católicos latinos generalmente enfocan la justicia social en el ámbito comunitario, agrega Ospino, quien recientemente dirigió un estudio nacional de parroquias católicas con ministerio hispano. “Se trata de personas que ayudan en sus propios vecindarios, abogan por los jóvenes que están involucrados en pandillas y ayudan a los hambrientos”, sentencia.

Gastón Espinosa, profesor de estudios religiosos en Claremont McKenna College especializados en religiones Latinas en EE.UU., también identifica una justicia social de abajo para arriba como una de las características que distingue a las congregaciones latinas. “Trabajan creando soluciones en las ciudades—en medio de comunidades afligidas por la pobreza—con los recursos que tienen a su alcance”, dice. “No podrá haber una solución a futuro en las ciudades si no se asegura que los líderes de fe latinos serán invitados a la mesa para discutir los urgentes temas de justicia social”.

Aunque no cabe duda de que la cuestión de la pobreza y la inmigración han tenido un gran impacto en sus comunidades, los líderes cristianos latinos están también abordando la necesidad de un enfoque comunitario a problemas que están afectando a latinos de primera, segunda y tercera generación—y a la sociedad—incluyendo el acceso a la educación, la reconciliación racial, salarios justos, y el encarcelamiento desproporcionado de personas de color.

Uno de estos temas importantes es el cambio climático. Según una encuesta del 2014 del Instituto de Investigación de la Religión Pública, 73 por ciento de católicos latinos dijeron estar preocupados por el cambio climático, en comparación con 43 por ciento de protestantes tradicionales de raza blanca, 53 por ciento de católicos blancos y 35 por ciento de evangélicos blancos. Asimismo, tres veces más católicos latinos que católicos blancos consideraron que serían afectados directamente por el cambio climático.

 “Queremos ver personas que luzcan como nosotros—y entiendan nuestras realidades bilingües y biculturales—hablando por nosotros, guiándonos, abriendo brecha”.

Esto no es ninguna sorpresa, dice el Padre Roberto Mena, un portavoz de Catholic Climate Covenant. Explica que las personas con raíces en América Latina saben que sus regiones “están sufriendo las consecuencias del cambio climático y la destrucción de la naturaleza”. Y con climas extremos y los problemas de la minería a gran escala, la agricultura de monocultivos y del acceso al agua que amenazan el modo de vida tradicional en lugares como Argentina, Perú, y Brasil, la importancia de la justicia ecológica es difícil de ignorar para los latinos.

Según Laudato Si’, la encíclica sobre ecología integral que el papa Francisco distribuyó en el 2015, estas experiencias de primera mano sobre los efectos de la de-vastación ecológica es precisamente las que terminan siendo olvidadas en las conversaciones sobre el medio ambiente. Las personas en posiciones de poder no le dan prioridad a los problemas de la devastación ecológica, explica el papa, porque estos líderes “viven en zonas urbanas acaudaladas y muy lejos [de los pobres], con apenas contacto directo con sus problemas”. Con más participación de los cristianos latinos como dirigentes, podría ser posible que la iglesia hiciera del cambio climático y otras preocupaciones ecológicas una prioridad.

Dejar de ‘aguantarse’

El promedio de edad de los latinos y latinas en EE.UU. es 27 años—considerablemente menor que el promedio nacional. Para algunas denominaciones, especialmente aquellas lideradas por anglosajones que se están acercando a la edad de retiro, la posibilidad de una afluencia de energía y juventud es prometedora. “Las organizaciones o movimientos le están dando una plataforma a los latinos”, dice Martínez, del Seminario Fuller. “Pero, al mismo tiempo, esos movimientos sólo tendrán un futuro si los latinos engrosan sus filas”.

Ahora bien, si las iglesias en los EE.UU. quieren darles la bienvenida a latinos y latinas en sus congregaciones, los líderes latinos creen que también deben esforzarse para darle cabida al liderazgo latino. “Queremos ver personas que luzcan como nosotros—y entiendan nuestras realidades bilingües y biculturales—hablando por nosotros, guiándonos, abriendo brecha”, dice Elizabeth Ríos, una pastora de Florida que forma parte de la junta directiva de la Coalición Nacional de Latinos Evangélicos.

Para reverendo Anthony Guillén, mi-nistro y dirigente de ministerios latinos/hispanos de la Iglesia Episcopal, entrenar y educar a jóvenes latinos y latinas es el siguiente paso para lograr una afluencia constante de líderes biculturales que le hablen “al pueblo” sobre sus necesidades y a su vez hablen con los dirigentes eclesiales y los políticos sobre el llamado a la justicia social.

A Guillén le consta que no siempre fue así. Al crecer en Texas en la década de 1950 se enfrentó a desafíos que pudieron haber evitado que se volviera un líder. Después de que le pegaran en la escuela por hablar en español (dijo “ay” en lugar de “ouch”) aprendió a no armar revuelo y a tratar de no desentonar. Su padre le enseño, a él y a sus hermanas, que trataran de obedecer a sus maestros y a la gente con autoridad. “Mi padre trataba de protegernos y si se cometía alguna injusticia en la escuela, nos decía ‘aguántate’. No le respondas al profesor, no respondas cuando un niño te pegue, sólo aguántate”.

Vivió de este modo durante 30 años, hasta que fue a México como misionero. “Aprendí una historia diferente a la aprendida en Texas”, recuerda Guillén. “Al regresar a Estados Unidos descubrí quién era porque acepté que yo era un estadou-nidense con raíces mexicanas. Ya no me daba vergüenza que mi apellido fuera Guillén”.

Guillén se dio cuenta de que tenía que aprender a ser un líder que hablara contra la injusticia, incluyendo injusticias que enfrenta la comunidad latina en EE.UU. “Si, como ministro, la gente me consi-deraba un ejemplo a seguir, que me vieran sin hacer nada y ‘aguantándome’ entonces perpetuaba el problema”, explica. “Le quería mostrar a la gente que tenemos derecho a defendernos y trabajar con el sistema y hacer de este país un lugar mejor”.

Entonces Guillén empezó a alzar la voz cuando las opiniones de grupos minoritarios eran ignoradas en las reuniones o cuando los pastores de América Latina no se sentían representados en cultos religiosos de alguna conferencia de ministros. Esto impulsó el diálogo en la iglesia y animó a estos grupos, cuyas culturas y experiencias también habían sido pasadas por alto, a buscar también un cambio.

Desde entonces, dice Guillén, los diferentes ministerios episcopales se han reunidos para discutir asuntos comunes y desafíos particulares en conferencias bienales, las cuales incluyen talleres sobre misión, activismo evangelístico y justicia social. Ahora ve un gran potencial en los líderes cristianos latinos. “En el pasado éramos muy pocos”, explica. “Ahora entre-namos a otros más intencionadamente, para que tengan una voz para hablar claramente sobre las cuestiones”.

Un lugar en la mesa

Elizabeth Ríos señaló que los cristianos no latinos pueden ofrecer un apoyo concreto para construir el liderazgo latino en la iglesia. Su consejo para ellos es simple: ‘Encuentren líderes, encuentren una organización latina que esté haciendo algo que admiren y envíenles recursos—ya se dinero o voluntarios”, dice.

La obispa Carcaño cree que el llamado a los cristianos latinos de EE.UU. es claro: Responder a la invitación de Jesús a ayudar a que la gente cultive los talentos que Dios le ha dado. “Alzar la voz en favor de la justicia y ser capaces de sentarse con los demás en la mesa es nuestra responsabilidad”.

*Para más información acerca de Maria-Pia N. Chin o del artículo, visite el enlace: https://sojo.net/magazine/december-2015/justicia-en-espa-ol