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Dios me llamó a la misión

Por Amanda M. Bachus y Mike DuBose


Mike DuBose, fotógrafo de Comunicaciones Metodistas Unidas, entrevistó a Sonia Vargas y al Rdo. Moisés Rosado, en Puerto Rico. Ambos misioneros fueron comisionados en la Asamblea General de la Iglesia Metodista Unida 2012, en Tampa, Florida.

El llamado al servicio misional de una persona está sembrado desde muy temprana edad. La semilla que plantaron padres, maestros en la iglesia, mentores y personas de fe que influenciaron su niñez germinará en algún momento de la vida. El llamado a servir como misionero es la culminación de una vivencia y maduración espiritual, es la realización de un largo discernimiento donde la persona puede ver más allá de satisfacer sus propias necesidades y las de sus familiares. Es el momento donde se abre paso a la empatía por los más necesitados y se toma una decisión.

Muchos misioneros han trabajado y trabajan silenciosos, marcando nuevos horizontes tanto en sus comunidades como en tierras lejanas. Veamos un poco el camino que Moisés y Sonia eligieron.

Sonia Vargas-Maldonado


Sonia Vargas-Maldonado
Foto por Paul Jeffrey


¿Qué experiencias espirituales impactaron tu vida?

Desde mis 4 o 5 años tuve el privilegio de empezar a conocer de la palabra de Dios. En el Barrio Obrero, veía llegar a los misioneros frente a mi casa, un matrimonio y una mujer, que venían a traer la palabra de Dios por medio de estudios bíblicos en los hogares. Esto impactó mi vida y me tocó profundamente pues estableció los principios básicos sobre la búsqueda de Dios en mi vida como pequeña. Cuando tenía 17 años, fui a un viaje misionero a Santo Domingo y Haití. Esta experiencia también marcó y cambió mi vida porque tuve el privilegio de estar una semana compartiendo con un grupo de niñas en un orfelinato, en Puerto Príncipe. Las internas se levantaban muy temprano y lo primero que hacían era adorar a Dios. Durante la mañana tomaban sus clases de educación, al mediodía tenían otro momento de adoración. En la tarde continuaban sus clases y en la noche volvían a adorar a Dios.

Esa experiencia me enseñó a no ser egoísta, a valorar lo simple y a compartir lo poco que tenía. Me permitió la oportunidad de compartir el amor de Dios. Me enseñó a ver cómo Dios las había salvado de sufrir violencia, extrema pobreza y quizás hasta de la muerte.

¿Cómo te preparaste para este recorrido?

Desde mi juventud tuve el privilegio de trabajar, por 10 años, con los adultos jóvenes de comunidades pobres y se me fue abriendo la mente y el corazón. Empecé a compartir lo que tenía con los que estaban en mi casa, con los vecinos y amigos. Empecé a ver la fragilidad humana y a mirarlos como iguales. Pensé que tenía que hacer algo por estas vidas menos privilegiadas, porque si Jesús lo hizo por mí, yo lo podía hacer por otros.

¿Cuál fue tu momento decisivo?

Como cristiana me di cuenta que fui desarrollando destrezas y reconocí que Dios me estaba llamando. Cada persona tiene una función que realizar y su palabra nos toca la mente, la vida y el corazón, e hizo que reaccionara ante esa profundidad de la palabra. No podemos vivir enajenados de las necesidades humanas, tenemos que ser parte de la solución y atender a los problemas sociales de nuestras comunidades. Aun cuando uno se siente impotente ante la necesidad de otros, entiendes que Dios te llamó a ti a abrir ese camino, esa puerta, ese espacio diferente para que otros puedan caminar y sentirse amados, cuidados y protegidos, que ellos también tienen posibilidades y alternativas de vida.

Sonia Vargas sirve en un centro social junto a cinco iglesias en el área de Santurce. Colabora en varios programas y en el desarrollo de nuevos recursos y alternativas para ministerios de apoyo con personas en riesgo y destituidas de la sociedad.


Moisés Rosado
Foto por Paul Jeffrey


Moisés Rosado

¿Cuando eras niño, que pensabas de los misioneros?


He estado 44 años de mi vida en la iglesia. Soy nieto de pastor, así que siempre tenía respeto y una visión de ayuda para poder llegar a bendecir a la gente con lo que Dios nos ha dado. Desde niño crecí en un hogar donde se validaba la misión y se veía el servicio como algo muy importante.

¿Tienes memorias de quiénes y qué cosas influenciaron en tu vida?

Crecí y me desarrollé en la iglesia. Siempre me gustaba ayudar. Mi abuelo, mi madre y mi padre fueron gente que me marcaron, porque fueron gente que me enseñó a servir a Dios desde pequeña edad, a ver la importancia de estar cerca de Dios, de ayudar a los demás.

¿Quiénes fueron tus mentores?

Mi abuelo, el pastor Alejandro Torres, siempre estuvo apoyándome hasta cuando decidí entrar al seminario. También el Rdo. Dr. Heriberto López, el Rdo. Jorge Textidor, pastor en la Iglesia Río Piedras Heights. Mi actual mentor, compañero y consejero, el Rdo. Héctor Ortiz Vidal, quien ha estado acompañándome en esta etapa del ministerio.

¿Qué tipo de experiencias tuviste que atravesar para tomar esta decisión?

Tuve la oportunidad de trabajar en las Sociedades Bíblicas Unidas. Allí pude ver el trabajo en términos del mundo entero, específicamente en la traducción, producción y distribución de la Escritura. Así que, esas experiencias me formaron, me hicieron ver la visión de poder estar en un tipo de ministerio donde pudiera afectar a otros con el evangelio, y llevar la buena noticia a otros, servir, predicar, acompañar. El tiempo ha ido formando diferentes experiencias personales y colectivas

¿Cuándo fue el momento decisivo en que dijiste 'voy a ser misionero'?

Tuve una experiencia donde recibí el llamado a servir. Tenía entre 16 y 17 años. A través de la predicación de una persona, sentí que estaba siendo llamado a ser algo más en la iglesia, sentí que recibí del Señor la dirección para involucrarme, que iba a hacer más cosas que impactarían a otros, que iba a ser un medio que Dios utilizaría, si lo seguía. Desde allí, comencé a ver las cosas de una manera diferente. Buscando cómo llegar a ese momento en que pudiera organizar mi vida hacia una misión y visión.

¿Qué te sentiste cuando tuviste el llamado de Dios?

Ciertamente uno tiene mucho gozo de sentirse llamado por el Señor, pero también hay temor pues sabemos que es una responsabilidad muy grande y que requiere mucho sacrificio. Tenía preocupación también por mi hogar, siendo esposo y padre. Pero gracias a Dios, mi esposa trabaja junto a mí y somos una familia que servimos al Señor. Dios ha validado su llamado y me ha dado las fuerzas y el deseo para poder mirar lo que otros no ven. Oportunidades nuevas que nos invitan a llevar el evangelio de diferentes formas y donde me sienta desafiado.

¿Qué obstáculos tuviste que sobrepasar?
Confiar en Dios es una aventura y un desafío. El camino de fe es un camino de aventura. Para poder ver hay que creer. Hay que creer en Dios, cuando nos llama. Sentí miedo y temor, también inseguridad, pero ante todo volví a ese llamado, volví a esa palabra del Señor en mi vida. Buscaba dentro de mi corazón, no lo que veía sino lo que está adentro. Gracias a Dios, siempre he recibido esa confirmación de parte de Dios.

El Rdo. Moisés Rosado, trabaja a tiempo parcial en la Iglesia Metodista Obispo Francis Asbury, en Bayamón, y en un centro de estudios para laicos en la oficina de la Iglesia Metodista de Puerto Rico. También ayuda en la coordinación de diferentes actividades especiales y conexionales de su conferencia.
 

--Amanda M. Bachus, abachus@umcom.org y Mike DuBose, mdubose@umcom.org

el Intérprete, julio-agosto, 2012