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Cómo cambió mi vida

 
Lisa Talbott

17 de octubre, 2011 | Informe UMNS

Estoy horrorizada, indignada y, más que nada, avergonzada. Llevo trabajando con el Concilio Nacional de Iglesias de Carolina del Norte por sólo 10 horas, y mi vida ya no será la misma.

Estoy estudiando en la Escuela de Divinidad Duke para sacar mi Maestría en Divinidad a fin de ser ordenada presbítera en la Iglesia Metodista Unida. Una de las asignaturas que estoy tomando requiere que sirva en algún lugar en el área de educación para adquirir experiencia. Por cierto, tengo experiencia con el mundo real. En Alaska, estaba familiarizada con la violencia doméstica, el abuso de drogas, gente que se muda constantemente de un lugar a otro, personas que se enlistan en el ejército, personas sin hogar y otras situaciones que enfrentaban mis estudiantes en Alaska.

Como tengo una experiencia de 10 años en la sala de clases de la escuela pública de Alaska, pensé que ya sabía bien lo que era el mundo real, pero Carolina del Norte es como otro mundo.

En tan sólo 27 minutos, mi entendimiento de lo que son los alimentos cambió para siempre. Fue suficiente que viese el documental Harvest of Dignity, que mira hacia atrás, a la vergonzosa cosecha de 1960, con el fin de destacar el sufrimiento de los trabajadores del campo en América.

Las imágenes de las condiciones de los campos me dieron nauseas, al imaginarme lo que sería vivir en un cuarto o casucha sucia, deteriorada, infestada de insectos y sin ningún saneamiento.

Mientras miraba el video, empecé a hacer planes. Pensé en mover a las iglesias a que adopten un campo, traer a maestros/as para que instalen programas de tutoría después de la escuela y doctores para atacar el problema de la salud. Pensé en organizar el cuidado de los niños, de modo que siempre hubiese algunos padres cuidándolos. Soy metodista, de modo que puedo organizar fácilmente una comida comunitaria. Las mujeres metodistas unidas del área podrían cocinar almuerzo para los obreros y usar algunas camionetas para traer agua al campo. Pensé en traer voluntarios a los campos para que trabajen un día a la semana, lo que permitiría que los obreros tuvieran un día de descanso pagado.

Pero al ver el video, algo cambió en mí. En lugar sentirme como la mujer blanca idealista que, desde una posición de privilegio, viene a salvar el mundo, me sentí avergonzada de no haber tenido idea de que estas situaciones existían, de que yo también contribuyo a que estas horribles condiciones de vida se mantengan al no saber cómo surgen las verduras que compro en el supermercado.

Me avergüenzo de ser una cristiana que enseña que el gran mandamiento es amar a Dios y al prójimo, cuando ni siquiera conozco a mi prójimo. Ni siquiera sabía quiénes eran los trabajadores migrantes, de dónde vienen, cómo llegaron aquí, y en qué situación viven.

Es cierto que el asunto de la inmigración ha estado en las noticias ya varios años, pero desconozco las leyes que gobiernan el sistema de inmigración que afecta a mis hermanos y hermanas que cosechan nuestros alimentos y viven en la miseria, tratando de tener una familia que no llegue a enfermarse por las condiciones que soportan.

Esta es una condición inaceptable de servidumbre que se acerca a la esclavitud.

¿Por qué no hay más gente indignada? Porque la ignorancia es una bendición, como era la mía. Podía ir feliz al supermercado y comprar maravillosas verduras y frutas sin considerar por un segundo a la persona que trabajó para que yo las disfrutara.

¿Qué es lo que realmente estoy pagando? No se trata del precio sino del costo. Estoy comprando verdura barata al costo de la salud, dignidad y bienestar de mis hermanos y hermanas. Este es un costo muy algo, es ultrajante.

Pero no basta el indignarse. Necesitamos educación. ¿Quiénes administran esos campos? ¿Quiénes son los dueños de los esclavos? ¿Por qué se les permite tratar de esta forma a otros seres humanos? ¿Por qué no se castiga a quienes violan regulaciones? ¿Por qué no hay normas más estrictas? ¿Por qué se permite que los niños trabajen?

En este momento tengo más preguntas que respuestas, pero una semilla de cambio se ha sembrado en mí. Espero que también en ti. Es hora de hacer preguntas. Es hora de educarnos. Es hora de llenarnos de indignación por nuestros hermanos y hermanas que son explotados. Es hora de llamar a cuentas a quienes son los responsables de estos atropellos, empezando con nosotros mismos.

Mira este video aquí e involúcrate.