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Un área de interés

Por Amanda M. Bachus


La pobreza está a nuestro alrededor y a veces no la vemos. La consideramos como "problema de otros". A muchos no nos gusta hablar sobre la pobreza, otros se disgustan al ver gente pobre, e incluso los propios cristianos evitan tocar el tema. Quizá pensamos que al ignorarla no llegará a tocar a nuestra puerta.


A veces escucho decir "no me concierne pues yo tengo mis propios problemas y no tengo tiempo para ocuparme de los demás". Pensamos que no hay tiempo suficiente para resolver nuestros propios problemas y menos los problemas de los demás. Preferimos concentrarnos en acumular para uno mismo y así dejamos pasar los días de nuestra existencia.

Los pobres se transforman en algo distante. Inclusive los que nos llamamos conocedores de la palabra de Dios y memorizamos las escrituras no indagamos su significado. Nos negamos a leer precisamente lo que corresponde al mensaje central del Evangelio de nuestro Señor Jesucristo, un evangelio sencillo que tiene que ver primordialmente con atender a los que tienen menos.

Nos negamos a leer precisamente lo
que corresponde al mensaje central
del Evangelio de nuestro Señor.

Es muy fácil ver la pobreza desde lejos, especialmente cuando tenemos un empleo seguro, vivimos cómodamente en un suburbio donde todo es bonito y bien cuidado. Disponemos de automóviles y nuestros hijos se educan en los mejores colegios. Pero cambiamos de canal cuando vemos el drama de la pobreza por televisión. Pensamos que se trata de un problema que le pasa a otros y no a mí. Nos repetimos "a mí no me toca preocuparme de esto. Tengo un trabajo muy importante que cumplir y como cristiano o cristiana debo velar por mi hogar". Nuestro servicio a Dios se limita a asistir a la iglesia y dar la ofrenda y ¡ya!

¿Pero qué nos pide Cristo? Cristo nos enseña a invitar a todos al banquete. A veces es necesario ver nuestra propia vida y nuestra situación para recordarnos cuán bendecidos somos. Como iglesia se nos llama a velar por que la vida de nuestra comunidad de fe mejore.

¿Estamos usted y yo alcanzando e invitando aquellos menos privilegiados a compartir de la mesa abundante? ¿Qué hace falta para que como personas o iglesia hagamos lo que enseñan las escrituras? ¿De qué manera estamos trabajando para crear cambios en el sistema que perpetua la pobreza? Quizás debamos detenernos a revisar la misión que nos encomienda nuestro Señor Jesucristo para trabajar en aliviar este gran dilema que nos concierne a todos.


--Amanda M. Bachus


el Intérprete, mayo-junio, 2010