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Rompiendo el círculo de aflicción

 

Por Amanda M. Bachus


En los Estados Unidos, la población latina ha crecido a 50.5 millones. El censo indica que cerca de 18 millones de niños y jóvenes latinos por debajo de los 17 años; un incremento del 17% desde el año 2000. El nivel de pobreza, las necesidades y los problemas de salud física y mental de los hispanos también van en aumento. Crece también su frustración, la que muchas veces conduce a la violencia y desintegración en el hogar.

Debido a los bajos salarios, las familias inmigrantes se ven obligadas a trabajar en dos o tres sitios para sobrevivir. Esto produce un completo abandono de los hijos, que quedan al cuidado de extraños o simplemente se cuidan solos. Muchos jóvenes no tienen apoyo ni supervisión, descuiden sus estudios y, eventualmente, dejen la escuela. Muchas adolescentes quedan embarazadas y asumen la maternidad a edad muy temprana. Otros caen en el alcohol y las drogas. El resultado no es sólo la pobreza, sino sentimientos de culpa, baja autoestima y aislamiento. A esto se suma una profunda tristeza y rabia que muchas veces provocan situaciones de violencia.

El inmigrante vive solo en tierra extraña, lejos de su familia, agobiado por problemas económicos y de otra índole. Padece de ansiedad por sentirse perseguido y con miedo de ser aprehendido y de perder los hijos.

La fe nos puede ayudar a sobrellevar muchos padecimientos. Pero hay muchas personas que no saben de Dios ni de una iglesia donde puedan recibir consuelo y alivio espiritual. Mucha gente sufre profundamente sin saber que existe ayuda pastoral y médica. Otros no buscan ayuda psicológica o psiquiátrica porque tienen ideas negativas o tabúes culturales sobre las dolencias mentales.

¿Dónde está la iglesia y la comunidad para aliviar y prevenir que muchos caigan presos de las enfermedades del alma que no se ven a simple vista? Heridas que se sienten pero que no se ven. Algunos acuden a la iglesia, otros al alcohol, las drogas y la violencia.

La iglesia y la medicina pueden unirse para aliviar y mejorar muchas vidas. La iglesia y los centros de salud deberían detectar estos males en los hogares de sus comunidades y referirlos a profesionales. Ambos pueden trabajar juntos tratando a personas que piensan que el mundo se les viene abajo, que creen que la vida ya no tiene sentido, llegando al extremo de querer quitarse la vida.

¿Sabe cómo detectar las aflicciones mentales que muchos congregantes sufren? ¿Cómo permitir que más jóvenes sigan sangrando internamente y en silencio? Las iglesias deben hablar más sobre el asunto y buscar los auspicios médicos. De esa manera, podríamos evitar mayores situaciones de inestabilidad, violencia, desequilibrio y peligro en los hogares de la comunidad.


--Amanda M. Bachus
abachus@umcom.org


el Intérprete, mayo-junio, 2011