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Reflexiones sobre la Conferencia General

Por Daniel A. Ivey-Soto
 

A fines de abril se celebrará la Conferencia General de la Iglesia Metodista Unida en la ciudad de Tampa, Florida. En este evento cuadrienal se establecen el presupuesto y las prioridades de nuestra denominación para los próximos cuatro años, incluyendo cambios constitucionales y estructurales. Los delegados responsables de votar en estos importantes asuntos han sido elegidos por sus conferencias anuales y conferencias centrales.

Mi primera experiencia en la Conferencia General fue en 1984, cuando –a los 17 años– serví de delegado alterno a la Conferencia Bicentenaria que se celebró en Baltimore ese año. Desde entonces he tenido el privilegio de asistir otras dos veces como delegado y tres veces como delegado alterno.

Entre los varios asuntos que se tratarán este año, el tema más controvertido es la reforma que se propone para reestructurar la Iglesia Metodista Unida. Uno de los cambios propuestos es el resultado del trabajo realizado por el comité de estudio llamado World Wide Nature of the Church (La naturaleza mundial de la Iglesia). Entre otras cosas, este estudio propone producir igualdad, pues eliminaría las conferencias centrales fuera de los Estados Unidos, para establecer conferencias regionales, incluyendo la región estadounidense. El estudio también propone crear distintos libros de la Disciplina para las diferentes regiones. Aunque estas propuestas tienen el fin de eliminar diferencias estructurales entre las regiones, no recomiendan cambiar el actual sistema financiero, que estipula que las iglesias fuera de los Estados Unidos no contribuyen financieramente a los costos de mantener la denominación, pero se benefician de sus recursos. Además, los delegados de las conferencias centrales participan con voz y voto en las decisiones presupuestarias. Es interesante observar que, en la conferencia 2012, más del cuarenta por ciento de los delegados vendrán de países fuera de las Américas, a un alto costo para la Iglesia Metodista Unida en los Estados Unidos.

La decisión de reformar la estructura mundial de la iglesia es, en cierto modo, una decisión de reformar lo que deformó la naturaleza global de la Iglesia, cuando estableció la autonomía de las iglesias en Latinoamérica, durante la década de los 1960. Al establecer la autonomía de las iglesias metodistas de Latinoamérica, se estableció con ellas una relación fraternal pero se eliminó su derecho a voto y la mayoría de su apoyo financiero, resultando en una presencia hispana débil en la denominación.

Otro de los cambios propuestos tendría una gran repercusión para metodistas hispanos dentro de los Estados Unidos. Se propone consolidar 9 de las 13 agencias de la denominación, que ahora son dirigidas por más de quinientas personas diversas que sirven como directores y votan en las diferentes juntas. La consolidación reducirá el cuerpo supervisor a solo un comité de quince personas, escogidas en base a sus calificaciones. Este pequeño grupo recibirá consejo de un grupo de cuarenta y cinco personas escogidas para representar la diversidad de la iglesia. Implícito en el lenguaje de la propuesta está el concepto de que las personas calificadas no son personas de trasfondos étnico-culturales diversos, y que las personas diversas no son personas calificadas. Bajo esta nueva estructura es probable que ningún hispano se encuentre entre los quince calificados que tendrán la autoridad para hacer decisiones. El grupo más grande sólo tendrá la oportunidad de aconsejar y allí sólo habrá un asiento para la voz latina en nuestra iglesia. Por las razones expuestas, el Consejo Directivo de MARCHA ha expresado serias preocupaciones con la propuesta. Raúl Alegría, presidente de MARCHA y representante de MARCHA en la Mesa Conexional, votó en contra de la propuesta cuando se consideró en ese comité directivo.

Hay muchas otras legislaciones importantes que tratar y los delegados a la conferencia tienen delante de ellos una gran responsabilidad. Si queremos mantener un sistema global en la denominación, es necesario reintegrar a las voces latinoamericanas que antes eran parte de la iglesia. También es necesario que las reformas se enfoquen más en proveer apoyo a las iglesias locales. Nuestra denominación surgió de un movimiento que tomó vida en grupos de cristianos reuniéndose en sus comunidades para mejorar su fe y acercarse al Señor. La Iglesia Metodista Unida, al igual que varias otras denominaciones en los Estados Unidos, ha sufrido una gran pérdida de miembros durante los últimos cuarenta y cinco años. Los cambios para rescatar la Iglesia Metodista Unida deben enfocarse en el pueblo, en la gente y no en la institución.

Unámonos en oración para que los delegados a la Conferencia General busquen la sabiduría y guía de Dios para celebrar la diversidad en todas sus formas y en cualquier cambio a la estructura que se apruebe.


--Daniel a. Ivey-Solo, Laico, Miembro de la Conferencia Nuevo Mexico
 

el Intérprete, marzo-abril, 2012