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Querido Santa,

Por A. Jonathan Mejía


¿Podrías secar el Río Grande o borrar las fronteras?

Si usted quiere darse una idea de lo que será el Día del Juicio, tiene que ir al Consulado Americano para pedir una visa. La sala de espera tiene una multitud de gente nerviosa cuyas caras reflejan el temor de: "¿Seré condenado?"

Debo seguir orando por un mundo mejor... el mundo sin fronteras ni un Río Grande, la tierra de los redimidos.Esto equivale a: "Su visa no ha sido aprobada".

Los que recibieron noticia de que su visa fue aprobada salen como si se les hubiese dado una entrada a la tienda de Santa para tomar, en forma gratuita, todo lo que quepa en un camión de 18 ruedas.

Mi esposa y yo fuimos parte de ese grupo.

La Navidad se venía encima, y mi esposa quería pasar este momento especial con sus hijas y yerno, lo mismo que yo. Obviamente, usted ya se habrá dado cuenta de que ellos viven en el norte y nosotros en el sur. La diferencia entre estos lugares es como la diferencia entre el Cielo y el Infierno: "La tierra de los libres" y la tierra de los "cuánto me gustaría irme allá", la diferencia entre un país con un sueño y una nación con una pesadilla. ¿Qué escogería usted?

La noche anterior a mi cita en el consulado para obtener visa, me fui a la cama abrazando tanto mi sueño de pasar una Navidad blanca con mi familia y la pesadilla de saber que se me podía negar dicha felicidad. Finalmente, me dormí.

Cuando entré a esa etapa en que las imágenes mentales vienen y van, me vi a mi mismo, delante de Santa, diciéndole: "Querido Santa, ¿podrías secar el Río Grande o borrar las fronteras?".

Todavía medio dormido, pensé: "Un momento, yo no soy un niño. Soy un hombre adulto que se acerca a los 60 años. No voy a molesta a Santa, voy a hablar con Dios. Querido Dios, ¿podrías&ellipsis;.".

La alarma sonó y me despertó de un salto. Acababa de hacer mi petición. Me reí entre dientes acerca de los sueños que tuve, y durante mi oración matutina me aseguré de que Dios supiera que no creo en Santa.

Nuestra primera petición fue negada, con todo el dolor que trae el ser "condenado". Durante el segundo intento, tenía una chispa de esperanza. Teníamos que esperar otras dos semanas y, como ya se nos había negado la visa, sabíamos que las probabilidades no estaban a nuestro favor.

La moneda todavía estaba en el aire con la posibilidad que saliera "condenado". Mi alma estaba en el purgatorio.

Unos días antes de Acción de Gracias, el vice-cónsul nos dijo:

"Sr. y Sra. Mejía, su visa de turista ha sido aprobada".

Sentí que quería gritar: "¡Gloria a Dios!" Pero me encontraba en el santuario equivocado. Más bien, diplomáticamente le dije al oficial a través de un vidrio a prueba de balas: "Gracias, señora&ellipsis;".

Mi esposa no estaba conmigo, pero me vio caminando entre la gente como si hubiera estado caminando sobre las nubes. Es cierto, no pude ocultarlo. A fin de cuentas, también soy humano. Entonces me preguntó: "¿Quiere decir que pasaremos la Navidad con nuestros niñas?".

Le respondí con un resonante "¡Sí!", lo cual significó una preciosa celebración de Navidad.

Con todo, me da pena de aquellos que no obtuvieron su visa y salieron llorando. Me recuerda que debo seguir orando por un mundo mejor, el mundo que se nos ha prometido, el mundo sin fronteras ni un Río Grande, la tierra de los redimidos.

¡Feliz Navidad!


©A. Jonathan Mejía
San José, Costa Rica


el Intérprete Online, noviembre-diciembre, 2011