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Preciosa Navidad

 

Por Luis Díaz de Arce


Ya casi anochecía cuando la pareja tocaba a la puerta del mesón. José ayudaba con ternura a su esposa María a bajarse del asno en que viajaba. En la etapa final de su gestación se veía bien cansada y adolorida.

El bebé estaba apurado por nacer y pronto se oyó el suave llanto que anunciaba su llegada.Habían viajado unas ochenta y siete millas desde el pueblecito de Nazaret hasta Belén, la ciudad de sus antepasados, para cumplir con los requisitos de una ley.

Pasito a paso José la llevó al primer asiento disponible del pequeño comedor de la posada. Mientras José iba a hablar con el dueño que atendía a algunos clientes, un hombre de mediana edad, posiblemente un empleado del establecimiento, contemplaba a la pareja. Se apresuró en traerle a María una vasija de agua fresca. Se quedó junto a ella y muy atento a la conversación de José con el mesonero cuando este repetía que no había lugar para ellos en el mesón.

Conmovido, el hombre no dejó a José decirle a su esposa cual era la situación. Al contrario, más bien él ofrecía una solución. Su esposa y él los recibirían en su hogar. Era humilde pero allí encontrarían cobijo y ayuda para sus necesidades. María era recibida con un abrazo como muestra de bienvenida.


Foto por Kathleen Barry

Mientras, en la casa se preparaban para retirarse para la noche. Como era de costumbre, se guardaban los animales, quizás había una vaca y una, o más chivas que proveían la leche familiar, y tal vez leche para la venta que traería unas monedas para otras necesidades. Quizás también un asno, y el otro asno que José traía. Ayudaban a aliviar algo del frío nocturno. Estaban protegidos de los peligros de la noche.

Ahora había que hacer arreglos para recibir al bebé. De seguro María había traído con ella pañales y ropita, pero había que improvisar una cuna. Las manos hábiles de los hombres tomaron el pesebre que guardaba el alimento de los animales, removieron el pasto para poner uno más suave en la superficie y ahí poder acomodar al cuerpo del bebé. Una o más vecinas habrían sido alertadas de la situación y estarían listas para prestar su cooperación si era necesaria.

El bebé estaba apurado por nacer y pronto se oyó el suave llanto que anunciaba su llegada. ¿Quién era este niño que así vino a nuestro mundo?

José y María tenían el secreto, pero si lo revelaban, nadie les hubiera creído. Pero Dios tenía un plan para dar a conocer su identidad. Esa noche, cerca de Belén unos sencillos pastores cuidaban sus ovejas. Ellos revelarían al mundo el secreto: "Un ángel del Señor llegó a nosotros y nos dio nuevas de gran gozo que había nacido un Salvador, Cristo el Señor". La revelación fue fortalecida y embellecida con el canto de un coro celestial. Y así aquella madrugada el pueblo de Belén despertó cantando:

¡Gloria a Dios en las Alturas y en la tierra paz y buena voluntad para con los hombres! (Lucas 2:8-14)

¡Cuán preciosa Navidad!


--Rdo. Luis Díaz de Arce


el Intérprete, noviembre-diciembre, 2010