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Ni rancho, ni lucero

 

Por Jonathan Mejía

 

La luz de una vela danzando en medio del cuartucho proyectaba sombras caprichosas, macabras y lastimeras. Desde el otro lado de la habitación se escapaban suspiros y gemidos como salidos de un cuerpo a punto de entregar el alma. Los perros ladraban en las calles desiertas; esta noche los enamorados abandonaron la plaza, las nubes sellaban la luz de la luna condenando aquel villorrio a una noche oscura.

Y en la penumbra de aquel rancho, la inocencia de un chico que no sumaba los cuatro años se dejó escuchar:

― Mami, ¿por qué lloras? Papi, ¿y usted que hace con esa mochila al hombro? Es hora de dormir y no de salir al campo. ¿Qué pasa?

― Verás, hijo, yo quiero darte lo mejor, ponerte en una buena escuela, comprarte uno de esos teléfonos que han llegado al pueblo; celulares los llaman, y tan pronto electrifiquen esta parte del pueblo, pues, quisiera comprarte un televisor de esos grandes.

El entusiasmo del padre no cambió los lloriqueos y lamentos. Cuando acabó de hablar, se escuchó un bocinazo espantoso como el chillido de un demonio y el grito:

― ¡Álvaro Rodriguez! De prisa, tenemos que ir por otras personas.

Eran los “coyotes”, inescrupulosos que trafican con personas. Álvaro, como pudo, había logrado reunir el dinero para salir en busca del absurdo “sueño americano”.

Tras un portazo y maldiciones que profería el chofer, desaparecieron entre el ladrido de los perros, la soledad de la plaza, la negrura del momento y los gritos desgarradores de una mujer embarazada: “no se lleven a mi marido”.

Inmóvil sobre una desvencijada cama, estremecido por un dolor adulto en un cuerpo infantil y viendo la oscuridad como si punzara el cielo, repetía con el alma en la boca: “Diosito lindo, si ves a mi papi, dile que los pobres deseamos poco y amamos mucho; yo no quiero ni un rancho y menos un lucero. Por lo que más amo, Diosito lindo, dile a mi papi que vuelva ¿Para qué quiero escuelas, teléfonos, televisores, si lo que amaba en esta vida acabo de perderlo…?

Este cuadro lo he visto en los pueblos de mi querida América Central donde me ha tocado servir como misionero. Se repite en África, América del Sur y en cada rincón de nuestro planeta.

¡Es una tragedia!

¡La familia es la gran perdedora!

Los inmigrantes parecen ser fantasmas que van de civilización en civilización, algunos mendigando un trozo de pan, otros arrebatándolo. Pero los más se presentan con el alma desgarrada al extender la mano pidiendo auxilio. Sin duda, es la población que no deja morir la angustia y tormento que sintiera la Sagrada Familia de camino al empadronamiento: es que para los miserables los “mesones” (léase países) siempre están llenos. Y de aquí viene esa intimidad divina con los que sufren e imploran. Hay que ver al Todopoderoso, al Eterno, al Altísimo defendiendo a brazo partido a sus “huérfanos, viudas y extranjeros”. En el corazón de Dios siempre habrá un espacio calentito, con el fogón en llamas listo para hacer un guiso, luego de una larga caminata por el desierto de la vida.

Yo entiendo que en la base del problema del inmigrante está la falta de justicia social y me asombra ver que la “iglesia evangélica” siga sin entender lo que significa “ama a tu prójimo como a ti mismo”. Y esa propuesta nos llega de nuestro Maestro, al que decimos seguir hasta la muerte, y está escrita en el libro que defendemos como la norma de nuestra vida. ¿A quién tratamos de engañar?

Siempre me he preguntado: ¿cómo sería este mundo si el 10% de los millones de cristianos practicáramos eso de amar al prójimo como nos mimamos a nosotros mismos?

Y para aquellos pobres inmigrantes quisiera gritarles desde estas líneas: ¡No estamos solos! Y no somos tan desdichados como nos quisieran ver, porque otro Inmigrante Pobre subió a la montaña y allá en la cumbre exclamó: “Bienaventurados los pobres…”

 

--Jonathan Mejía
Discípulo inmigrante camino de mi Tierra Prometida
Curridabat, Costa Rica


el Intérprete, mayo-junio, 2010