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Mitos sobre la salud mental

Por María Teresa Santiago
 

Se cuenta que dos sapitos se cayeron a un vaso de leche. Luchando por salir, uno se cansó y murió; el otro decidió seguir buscando una salida, aunque significara morir luchando. Eventualmente, aunque experimentó momentos de gran desanimo, la leche cambio su textura y logró salir. Esta sería una interesante anécdota para hablar de la salud mental.

Cuando alguien en la familia presenta rasgos de alguna condición mental, adoptamos algunos mitos: 1) Se trata de un demonio que sale con ayuno y oración 2) es una prueba de Dios 3) la persona debe tener fuerza de voluntad 4) no se debe buscar ayuda sicológica y 5) no hace falta tomar medicamentos. Hay más mitos, pero estos son los más populares.

Cuando buscamos las Escrituras para referencia, encuentro que podemos asumir la postura cultural ideológica que resulte conveniente. Filipenses 4: 8-9 nos dice cómo debemos pensar pues, en última instancia, nuestra salud mental depende de lo que pensamos: “Por último, hermanos, consideren bien todo lo verdadero, todo lo respetable, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo digno de admiración, en fin, todo lo que sea excelente o merezca elogio. Pongan en práctica lo que de mí han aprendido, recibido y oído, y lo que han visto en mí, y el Dios de paz estará con ustedes” (NVI)

Al buscar profundizar en el pasaje, nos enfrentamos al hecho de que esta porción específica se refiere a la misión de Timoteo y la relación de Pablo con la iglesia de Tesalónica. Esta cuidad era una comunidad judía influenciada por diferentes cultos al Emperador Romano y deidades orientales. Así que, este pasaje no se refiere a la salud mental sino a influencias religiosas diferentes.

Lo que es cierto es que tanto la salud mental como nuestra creencia religiosa dependen de lo que pensamos. Creemos en un Dios soberano, dueño de la ciencia. Concluyo que los medicamentos y los médicos son instrumentos útiles en las manos de Dios. Cada caso es individual pero pienso que si hubiese habido alguien que animara al primer sapito, ambos hubiesen salido a salvo del vaso de leche.

El cristianismo es una comunidad de mesa, o sea, un lugar donde nos nutrimos, donde una condición mental recibe oración comunitaria, solidaridad y empatía sin juicio. Somos llamados a pedir discernimiento para aceptar las ayudas disponibles como parte del actuar de Dios. La familia debe abandonar la culpa porque un desbalance químico, tratable con medicamentos, no debería producir vergüenza. Después de todo, si tenemos diabetes, hipertensión o un simple dolor de cabeza, oramos a Dios y tomamos nuestras medicinas.

Conozco el caso de una mujer que abandonó el tratamiento psiquiátrico por recomendaciones de su comunidad de fe. Actualmente, su condición se ha agravado y, después de varias hospitalizaciones e intentos de suicidio, vive enajenada y no quiere saber de la Iglesia. Lo más doloroso es ver la tristeza en los ojos de sus dos hijos preadolescentes. Dios nos desea sanos de forma integral. Así que, hablemos, oremos y luchemos por salir del vaso de leche tanto individual como colectivamente. El actuar de Dios se da a pesar nuestro. De modo que, pido un milagro por los que enfrentan problemas mentales pero, a la vez, abogo por que busquen ayuda médica. Que la iglesia les sirva de oasis refrescante a sus vidas sedientas.


--María Teresa Santiago


el Intérprete, mayo-junio, 2011