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Las navidades de mi niñez

No habían regalos, si acaso "Kool Aid"; no tendríamos nada que estrenar pero compartíamos lo que más teníamos: alegría.En un sentido, se trataba de una celebración que no terminaba de comprender el misterio y la esperanza que trajo la primera Navidad. ¡Ahí está! El establo, José, María y los pastores de ovejas. Es que el Mesías abriría los ojos al cielo en medio del rechazo. El Niño lloraría por el frio espiritual en el corazón de su pueblo, lloraría por la mediocridad de los líderes religiosos del momento y por la falta de amor a las cosas celestiales. Nacía entre nosotros, la Roca de todas nuestras esperanzas y el gozo de nuestras pobrezas.

Entre la niebla del tiempo y viendo por el retrovisor de mi vida, trato de revivir aquellos diciembres que nunca volverán, aquellos diciembres que encendieron mi fe de niño, aquellos diciembres de pobreza material pero ricos en alegría, aquellos diciembres en los que nos contaban y recontaban la historia de la primera Navidad.


Son recuerdos de un templo pobremente construido cubierto de láminas, de calle empedrada al frente, al fondo un barranco y, entre el barranco y el templo, la casa pastoral. Esa casa pertenecía a todos, y cada quien dejaba en ella sus tristezas ¡pero también sus gozos! Por momentos, aquella vieja casa parecía un trozo de paraíso. ¡Era nuestro hogar!

Con los vientos veraniegos de octubre, llegaba también esa sensación de que la iglesia pronto iniciaría los preparativos para la Navidad. Hacíamos toda clase de planes con los otros chiquillos; dejábamos volar la imaginación, hablábamos de poner un arbolito gigantesco, nunca pasó de ser una rama marchita salida del fondo del barranco, pero con aquella ilusión y trabajando al máximo construíamos un árbol que rivalizaría con el Árbol navideño del Rockefeller Center en Nueva York.

Mi papá era el pastor y yo le preguntaba: "¿Cuándo va a comenzar a contar la historia de la Navidad? ¡Ya llegamos a octubre!". Qué bueno, no me hizo caso, ¿se imaginan la historia de la Navidad el primer domingo de octubre?

Afortunadamente, ¡uf!, ¡por fin! Llegó el 24 de diciembre, la Noche Buena, mi casa era un torbellino de actividades, quienes hacían de pastores terminaban de confeccionar sus vestidos para el drama de la noche, mi papá finalizando el bosquejo del mensaje, mi mamá ingeniándoselas para ver de dónde sacaría algo de comer ?tendría que ser un milagro?, el resto de nosotros de los 9 años para abajo, haciendo nuestro trabajo: ¡travesuras!

En el culto cantábamos aquella tonada: "Noche de paz, noche de amor", viendo con ojos extasiados el drama de la Primera Navidad, como si nunca la hubiésemos visto. Yo sentía esa punzada de nostalgia porque después de esta noche terminaría toda la ilusión de los tres meses anteriores.

Al terminar el culto, la fiesta seguía en "la casa pastoral". No habían regalos rimbombantes, si acaso galletas y "Kool Aid"; nosotros los chiquillos no tendríamos nada que estrenar pero éramos un grupito de al menos quince y cada uno compartiendo lo que más teníamos: alegría; y al juntar esas quince alegrías era un verdadero estallido de emoción al celebrar al Dios de la Navidad.


--A. Jonathan Mejía
Curridabat, Costa Rica

el Intérprete, noviembre-diciembre, 2010