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La tarea de consolar

Por Fabián Rey

 

"Alabado sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre misericordioso y Dios de toda consolación" (2 Corintios 1:3).

En la Biblia encontramos muchos textos que enseñan sobre lo que implica consolar, tanto en una manera positiva y sanadora, como también con falencias, cuando se consuela erróneamente.

Pensemos en Bernabé (Hechos 4:36-37), no solo porque tuvo el gesto bondadoso de vender sus bienes para compartir con los demás, sino porque fue capaz de acompañar a quienes eran rechazados para ayudarlos en su peregrinaje. Bernabé ayudó a Saulo (Hechos 9:26-27) y a su propio sobrino, Marcos, a quien Pablo rechazó para su segundo viaje misionero (Hechos 15:37-39). La forma negativa de animar a otros la muestran los amigos de Job, que durante su sufrimiento lo acusaron y juzgaron.

La tarea de animar o consolar es un ministerio que engrandece la obra de Dios, quien es él mismo el que primero nos consuela y nos da dones que nos capacitan para acompañar a otros.

En parte, aprendemos a animar a otros cuando atravesamos por situaciones difíciles. Paradójicamente, las situaciones adversas posibilitan que descubramos una mayor profundidad de Dios, una nueva realidad de su amor, un enfoque diferente a nuestra fe. Esta experiencia se pone, luego, al servicio del prójimo, nos ayuda a ser compañeros de fe, sin imponer ni menoscabar al otro, sino facilitando su proceso espiritual y desarrollo de la vida humana. Esto puede ser tanto en términos personales, familiares y comunitarios, en dimensión individual o social.

En 2 Corintios 1:3-11, Pablo presenta a Dios como "Padre misericordioso". Dios mismo se acerca a la miseria de nuestro corazón y de nuestra vida. Se ofrece para recuperarnos, para que no perdamos nuestra relación filial. Todo esto nos permite sentirnos vulnerables frente a Dios con la seguridad de no ser condenados, ni aplazados, sino de estar abiertos a comprender que él busca ofrecernos una vida abundante.

Al compartir con aquellos que están atribulados cómo Dios nos consoló de una manera particular, encendemos en ellos un fuego esperanzador que renueva sus fuerzas.Esa expresión de misericordia es garantía de vida nueva, de perdón, de la restauración de una relación armoniosa con Dios, nosotros mismo, nuestro prójimo y con el ambiente global. A Dios también se le llama "Dios de toda consolación". Notemos que dice de "toda consolación", si dejar fuera de su consolación ninguna situación humana.

Pablo subraya la misericordia y consolación de Dios a causa de sus propias experiencias. Nos narra cómo él mismo se sintió confortado por Dios, cuando estuvo en apuros y tribulaciones difíciles de soportar, donde experimentó la amenaza de la muerte misma.

En medio de su aflicción, la consolación de Dios fue para Pablo como un bálsamo que no pudo dejar de compartir con otros, pues sabía que fue consolado para extender a otros esta bendición. La misericordia y consolación de Dios llenaron a Pablo con la suficiente fuerza para desarrollar su capacidad de acompañamiento en situaciones extremas, tal como Dios lo hizo con él. Dios nos consuela para que aprendamos a consular a otros, para que mostremos ese mismo amor de Dios a aquellas personas que están pasando tiempos de tribulación.

Si alguien pregunta cómo tiene que consolar a otros, Pablo responde: de la misma manera que el Señor te ha consolado a ti; con la misma paciencia, ternura y fuerza que Dios obró para tu consolación. Imitemos la forma en que Dios nos consoló para que otros se regocijen por el amor de Jesús.

Si nos ponemos a recordar, seguramente encontraremos en nuestra vida muchas situaciones en las que Dios nos consoló de diferentes maneras: la palabra de de ánimo de un hermano/a o amigo/a, un texto bíblico que confortó nuestra vida, una canción que escuchamos o cantamos, una situación casual que vivimos o vimos en la televisión, es decir, Dios tiene miles de recursos para expresar su amor consolador.


Rdo. Fabián E. Rey

La manera en que Dios nos consoló cobra en nosotros un vigor fundamental. Al compartir con aquellos que están atribulados cómo Dios nos consoló de una manera particular, encendemos en ellos un fuego esperanzador que renueva sus fuerzas. Por ejemplo, recuerdo una vez cuando acompañé a una joven en un proceso de sanidad emocional. En su niñez, había sido víctima de un abuso sexual por un familiar directo. Vivía una vida sin sentido, no podía encontrar futuro, su pasado la aplastaba y se sentía siempre condenada. La amargura de su corazón era notoria, aunque nunca había hablado de lo que le había sucedido. En una conversación y proceso gradual que nos llevó algunos meses, ella pudo manifestar su dolor, su sentimiento de culpa y enojo. Esto nos permitió poder empezar a sacar de raíz viejos resentimientos y descubrir cómo a pesar de estas fatalidades, Dios siempre estuvo presente con su misericordia.

Comenzó a perdonarse, incluso a su agresor, y a experimentar el perdón amoroso de Dios, su rostro se ilumino y la risa comenzó a llenar su boca. En especial, esa vivencia del consuelo de Dios la llevó a reorientar su vida y ver cómo podía ayudar a otras personas que habían sido víctimas de lo mismo. Sus palabras no sonaban huecas, sino que tenían la profundidad de compartir el mismo dolor, pero dando una respuesta de esperanza y vida hacia las demás. No solo recupero la alegría, sino su propósito de vida. Tanto el regocijo como la esperanza eran los nuevos signos de una vida transformada por el amor de Dios.



--Rdo. Fabián E. Rey, licenciado en Psicología, capellán de la Universidad del Centro Educativo Latinoamericano y pastor de la Iglesia Evangélica Metodista Argentina. fabianerey@yahoo.com.ar


el Intérprete, noviembre-diciembre, 2011