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La paz que sobrepasa todo entendimiento

Por Oswaldo García


Cuántas veces he tenido que afrontar situaciones críticas, embarazosas, penosas. Momentos en que se me escapaba el control de la situación. Cuando tengo un problema que no puedo solucionar, entonces sigo el consejo de San Pablo: "No se inquieten por nada; más bien, en toda ocasión, con oración y ruego, presenten sus peticiones a Dios y denle gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, cuidará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús" (Fil. 4:6, 7).

San Pablo nos indica que cuando enfrentamos un problema que nosotros no podemos solucionar, no debemos afligirnos. "No se inquieten por nada". Uno tiende a reaccionar, y decir: "¿Cómo no me voy a afligir?". Pero ya dijimos que cuando enfrentas un problema para el cual no hay solución, ¿qué ganas con afligirte? La aflicción no ayuda a la solución.

Una vez estaba preocupado porque estábamos en un parque de recreación y comenzó a llover. Mi amigo y yo nos protegimos debajo de una cobertizo, y mientras nos ubicábamos, me dijo: "¿Por qué no hacemos lo que hacen en la China cuando llueve?". "¿Qué hacen?" le pregunté. "Dejar que llueva", me contestó. Es cierto, ¿qué otra cosa se puede hacer? Afligirse no detendrá la lluvia. Pase lo que pase, no se aflijan. ¡Pero yo quiero hacer algo!

Lo que quiero hacer es hablar con Dios, contarle mi situación al único que puede hacer algo, si quiere. Por supuesto que hay muchas cosas que yo puedo hacer cuando enfrento dificultades. Pero una vez que he hecho todo lo que puedo y ya no puedo hacer nada más, entonces le traigo el problema a Dios.

¿Porqué a Dios? Porque es el único que puede hacer algo, si quiere. Ni siquiera le dicto lo que yo quiero. Simplemente le traigo el problema. Le digo: "Señor, aquí está mi problema, yo no lo puedo arreglar. Hice todo lo que pude. Si tú quieres, a tu tiempo, cómo y cuando quieras, puedes solucionarlo o no. Lo dejo en tus manos, desde ahora es cosa tuya. Me desligo del problema, me libro de él, lo dejo es tus manos. Muchas gracias. Amén". Entonces tengo paz. ¡Qué bien nos hace hablar con Dios!

Usted dirá "¿cómo tiene paz si todavía no tiene la solución". Respondo que mi paz no comienza cuando veo la solución que yo quiero. Mi paz comienza cuando le confío el problema a Dios. Le transfiero el problema. No importa si lo soluciona o no. Ese ya no es mi problema. Fue San Pedro el que dijo: "Depositen en él toda ansiedad, porque él cuida de ustedes" (1 P. 5:7). Mi paz empieza cuando transfiero mi problema a Dios. Por eso, San Pablo a esa paz que resulta de poner el problema en las manos de Dios le llama: "La paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento". Dios les bendiga.



--Oswaldo García


el Intérprete, septiembre-octubre, 2010