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¿Por qué me llamas ahora, Señor?

 

Por Max Cisneros


"Porque tuve hambre, y
ustedes me dieron de comer; tuve sed, y
me dieron de beber; fui forastero, y me
dieron alojamiento; necesité ropa, y me
vistieron; estuve enfermo, y me atendieron;
estuve en la cárcel, y me visitaron".


Hace muchos años, tuve un encuentro con el Señor en mi recamara. Estaba acostado y medio dormido, cuando vi un resplandor en la pared. Me incorporé de inmediato y por un instante vi la imagen de Jesús. No vi su rostro, solamente su cuerpo cubierto con una túnica larga. Su pelo era color café. No pude ver sus facciones, estaba rodeado de un aura dorada. Esta fue la experiencia más admirable y hermosa que jamás haya tenido. Cuando la imagen empezó a desvanecerse, dije apurado: "espere, espere", pero se fue. Sentí que era un llamado, un llamado personal, para proveerle un servicio especial.

Nací en Nuevo México, de descendencia mexicana. Soy hijo de inmigrantes legales de Guanajuato. A comienzos del siglo pasado, mi padre vino a trabajar en el ferrocarril para darnos una vida de oportunidad que no podríamos haber tenido en México. Mis hermanos y yo vivimos el "sueño americano", lo pasamos a nuestras familias.

Durante mi preparación para el ministerio, en el Seminario Teológico Perkins de la Universidad Metodista del Sur, y en presencia de otros pastores, escuché frecuentemente decir a otros que el Señor los había salvado de esto o de aquello, inspirándolos a ser predicadores. Yo siempre dije que el Señor no me había llamado, puesto que nunca había experimentado algo que pudiese interpretarse como un llamamiento. Pero en esta ocasión supe sin duda alguna que esta experiencia era un llamado. Me pregunté: "¿Por qué ahora tan tarde en mi vida? ¿Por qué no cuando era más joven para poder servirle por más tiempo?" Entonces pensé: "¿Quién soy yo para cuestionar al Señor?" Así que, le dije a mi esposa Elida, "voy a dedicar el resto de mi vida al Señor. Eso es lo que he hecho por los últimos veinticinco años."

Conozco bien la situación de los jornaleros agrícolas y el deseo de los inmigrantes, legales o no, de mejorar las condiciones de vida de sus seres amados. Pero desde el ataque terrorista de septiembre de 2001, y el recalcado énfasis en la seguridad de nuestras fronteras, la situación se ha vuelto crítica.

Se han levantado cercas y muros, se ha incrementado el personal de Patrulla Fronteriza, de las tropas de la Guardia Nacional, y la presencia vigilantes que fomentan el odio.

Esto fuerza a que los inmigrantes transiten por las partes más peligrosas del desierto de Sonora, para caer bajo las temperaturas extremas de calor y frío. Miles mueren al carecer de comida, agua, refugio y ropa adecuada.

Esta terrible situación, con tantas vidas perdidas, me empujo a abandonar las comodidades y seguridad que gozamos los jubilados, para ir en auxilio de mis hermanos y hermanas que sufren. Oré mucho por los inmigrantes que sufren en el desierto, pero mis oraciones no fueron contestadas. Entonces pensé: "con toda la experiencia, el equipo y tiempo libre que tengo, debo hacer algo". En estos últimos años, he estado yendo al desierto llevando agua, comida, ropa, cobijas y la palabra del Señor a todos los inmigrantes necesitados, sean legales o ilegales. Todos son hijos de Dios. También recibo invitaciones para testificar acerca de esta situación crítica en la frontera por medio de charlas y presentaciones de video.

Mi pasaje bíblico favorito y más citado es: "Porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; fui forastero, y me dieron alojamiento; necesité ropa, y me vistieron; estuve enfermo, y me atendieron; estuve en la cárcel, y me visitaron".

Estoy profundamente agradecido al Obispo Joel Martínez, mis hermanos de la IMU El Buen Samaritano (Albuquerque, NM), MARCHA, UMCOR y mucha gente de la conferencia que han ayudado a esta causa. Amén.


--Max Cisneros es diácono de la Conferencia de Nuevo México y fundador de Desert Ministry


el Intérprete, septiembre-octubre, 2009