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Grupos pequeños: El eslabón perdido

Cada sociedad se dividió en grupos pequeños llamados "clases".
En 1739, Juan Wesley formó sociedades para que sus miembros oraran, se exhortaran y cuidaran unos a otros. Cada sociedad se dividió en grupos pequeños llamados "clases", lo cual probó ser una de sus más grandes contribuciones a la iglesia en su búsqueda de santidad bíblica.

Wesley pronto se dio cuenta de que estos grupos pequeños o "clases" eran un excelente medio para poner en práctica su concepción del cristianismo como una "religión social". Así que, determinó que estas clases se congregaran cada semana bajo la dirección espiritual de un líder.



Los grupos pequeños ofrecieron la oportunidad para el ejercicio de la religión social entre los metodistas, en su búsqueda de la santidad de corazón y vida, mediante su comunión espiritual en la oración, la meditación y la lectura de las Escrituras, el canto de himnos, la mutua confesión de pecados, el intercambio de experiencias (positivas y negativas), testimonios y consejería espiritual.

En las primeras décadas del avivamiento wesleyano, las reuniones de las clases fueron creciendo en importancia, llegando a ser el medio principal de crecimiento, en la búsqueda de la santidad de corazón y vida.

Las reuniones de las clases respondían a uno de los puntos centrales de la teología de Wesley: la indivisible relación entre las obras de piedad y las obras de misericordia. Las reuniones de clases fueron el "eslabón perdido" que Wesley buscó desde el Club Santo en Oxford, antes del avivamiento Metodista, en su preocupación por una práctica integral de santidad de corazón y vida.

Las reuniones de estos grupos pequeños se convirtieron en la más creativa y eficiente forma de mantener una dinámica positiva entre la fe y las obras, algo que tanto el catolicismo romano como la reforma protestante no habían podido lograr.

Además de la experiencia evangélica de Wesley, alimentada por la espiritualidad puritana y pietista con sólida formación anglicana, la inclusión de las reuniones de las clases dentro de la organización metodista, fue un elemento fundamental para el avivamiento metodista dentro de la Iglesia de Inglaterra, como movimiento de renovación dentro de la perspectiva de ecclesiola in ecclesia.

Wesley se dio cuenta de que las reuniones de estos grupos pequeños eran un medio prudencial de gracia, a través del cual los metodistas podían crecer disciplinadamente en su experiencia cristiana de santidad de corazón y vida. Las reuniones semanales de las clases (para hombres, mujeres, jóvenes e incluso niños) se usaron como un tiempo de asesoramiento, exhortación, consolación y amonestación, según lo requiriera la ocasión. Por encima de todo, fueron un medio de gracia por el cual se concretizaba la religión social que Wesley enseñaba. Respondiendo a la gracia de Dios en Cristo y mediante la acción del Espíritu Santo, en las reuniones de las clases los metodistas se hacían responsables unos de otros, bajo la supervisión espiritual del un líder, para llevar a cabo obras de misericordia y piedad.

Las reuniones de las clases no eran células elitistas recluidas, como ocurría con las sociedades religiosas de la Iglesia de Inglaterra o las comunidades moravas. Las reuniones de clases eran un espacio que se propagó a lo largo de toda la sociedad inglesa y, con frecuencia, se constituyó entre personas y grupos en los que no se esperaba crecimiento espiritual. De hecho, las innovaciones pastorales y misioneras que Wesley promovía, con el objetivo de desarrollar un verdadero discipulado cristiano, convirtió al metodismo en un movimiento profundamente inclusivo. En particular, abrazó a los sectores marginados de la sociedad, en su intención de buscar una santidad de corazón y vida que debía experimentarse, no en el desierto ni en la montaña sino en la realidad cotidiana de este mundo. Se trataba de una espiritualidad centrada en la práctica de obras de piedad, utilizando los medios de gracia establecidos, y en la práctica de obras de misericordia, mediante el amor y la justicia a favor del prójimo, de modo particular hacia los pobres y marginados. Eso era lo que Wesley demandaba de los miembros de las reuniones de las clases metodistas.

Creo que una de las más altas prioridades para el cristianismo, a comienzos del siglo XXI, es la recuperación del mensaje original del metodismo primitivo, centrado en el ejercicio del discipulado cristiano en la vida cotidiana de todos los creyentes, delante de Dios y de toda la comunidad de fe.

Creo que, en nuestros días, se nos llama a una espiritualidad que afirme la obediencia radical al llamado de Dios hacia el crecimiento en santidad personal y social de corazón y vida, mediante el ejercicio comprometido y disciplinado de las obras de piedad y misericordia. Tal espiritualidad debe abierta y decididamente rechazar el individualismo nocivo predominante, afirmando el carácter social del cristianismo manifestado en las reuniones de clases metodistas.


--Gustavo Daniel Romero

el Intérprete, noviembre-diciembre, 2010