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Esperanza viva

Por Eliseo A. Mejia-Leiva


Una angustia me subió al cuello como las olas de un mar embravecido, cuando escuche: "Dis is di Yunaited Estates Quietos".

Esa frase me rompería mis sueños en mil pedazos y causaría un dolor penetrante al intentar injertarme con árboles de otras tierras. Por tal razón, me pregunto si mis sueños, olor a barro mojado con agua llovida, son acaso dulces fantasías o crudas y amargas realidades. Sin embargo, una noche soñé que una dulce voz divina susurraba a mis oídos: "Nos respondes con imponentes obras de justicia; tú eres la esperanza de los confines de la tierra" (Salmo 65:5) e insistía que las cosas iban a ser diferentes.

El rancho donde crecí estaba suspendido en las rendijas de las montañas. El pueblo más cercano estaba a siglos de distancia en el tiempo y en el espacio. Nada nuevo, todo siempre igual. Cada madrugada, los cantos rítmicos del ki-ki-ri-ki enterraban el silencio y las tinieblas. Música celestial. Reloj digital en pleno siglo veinte. En la barranca o en el amate, nunca fallaba. El canto del Creador recordándome tener esperanza aun y cuando todo estaba oscuro, cuesta arriba, o calor infernal.

Mis progenitores nunca envejecían. La serenidad y eternidad de las demandas en el rancho eran bendiciones; jamás maldiciones. Sus profundos y obscuros ojos siempre cargados con canastadas de risas. Resonantes carcajadas pululaban en las faldas de la montaña cuando ya el maíz estaba listo para dar a luz las tortillas.

No había electricidad. El agua nos llegaba a puro sudor y cantarazos. La cocina estaba en la sala, y la sala en la cocina. Sin paredes. Sin divisiones. Nada de "vete a tu cuarto", castigado.

A la edad de doce años, me llevaron al pueblo más cercano, a siglos de distancia. Sensaciones desconocidas se apoderaron de mi alma. Nunca antes había contemplado cosas semejantes. Una cajita metálica eructaba voces y por ratos música. Creí que algunos duendecillos se habían metido hasta lo más profundo. Una angustia me subió al cuello como la repunta de un mar embravecido. "Dis is di Yunaited Estates Quietos&ellipsis;". Mi corazón pegó un gran brinco, deseaba quitarse de encima esa idea de otro mundo, otra cultura, otras costumbres, otro idioma.

Si tan sólo hubiese sabido que el desierto a andar iba a ser una diferente eternidad. Un camino que se alargaba más con cada paso. Atravesé llanuras, espinas, árboles, montañas y ríos. El último río que pasé, creí que iba a ser mi tumba.

Hoy siento que mi vida ha sido desgajada de los árboles y trasplantada a otras tierras. Es como si mi vida se balanceara en el umbral de culturas diferentes. Ahora en la escuela, al escuchar un idioma que me cuesta entender, escribir y aun hablar, los días se me vuelven gotas de acero al rojo vivo, torturándome. Las burlas y el asedio son mi pan de cada día.

Sin embargo, ahora en la escuela he descubierto que mis antepasados inventaron el cero. Cuidadosa y meticulosamente diseñaron el calendario más exacto. Ese símbolo es el yunque, en el cual mi historia ha sido forjada y moldeada con matemática precisión.

A veces cuando me zambullo en mis pensamientos, mi mente parece galopar como caballo desbocado. Los maestros, con los dientes rechinando me regañan, "pei atenshion, pandilla de donkeys". Pero ellos no perciben mis preguntas o pesadillas. ¿Qué nos habría sucedido, si Francia u otra nación nos hubiese conquistado, o si nadie nos hubiese robado y pillado nuestras tierras? ¿Cómo estaría, si no hubiese cambiado mi rancho por ciudades de acero, asfalto y concreto?

Aquí, en este lugar, la gente no me conoce. Los trabajos son escasos. Cuando las oportunidades tocan a mi ventana, huyen despavoridas al ver y oír el color y acento de mi piel. De primera mano he conocido la soledad y la humillación, tengo hambre de una nueva relación humana y divina.

Yo no soy competidor. Más bien sobreviviente. En la vida he encontrado una enchilada de tragedias y triunfos. Victorias y derrotas. Risas y llantos. Esperanza y desilusión. En un segundo puedo estar unido o separado. Ser amigo o enemigo. Tener paz o guerra. Ser minoría o mayoría. Ser importante, o importar un comino. Con cada día que nace, la vida me ofrece sufrimientos dolorosos o paz penetrante.

La opción para subyugar mi ansia de vivir me la ha obsequiado esa esperanza divina. Dios nos responde "con imponentes obras de justicia". A diario me repito "mantén tu esperanza viva", porque es tu única armadura para vivir. Ahora sé y entiendo lo que me puede brindar ilusión. Lo percibo. Puedo palparlo. Por primera vez, en mi vida me ha acontecido inscribir mi existencia sobre una "esperanza viva" (1 Pedro 1:3). Me siento orgulloso de quien soy, no por lo que tengo o lo que me falta, sino al comprender de dónde vengo, donde estoy y hacia dónde voy.

Ese símbolo es el yunque, en el cual mi historia ha sido forjada y moldeada con matemática precisión.
 

--Eliseo A. Mejia-Leiva, Director Associado Ministerios Hipano-latinos Conferencia Anual Kentucky.
emejia@vitalchurch.com
emejialeiva@me.com


el Intérprete, mayo-junio, 2009