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El juicio sumario contra Jesús

 

Por Rey Díaz

 

Visto desde el lente de los cuatro evangelios, el juicio sumario contra Jesús de Nazaret representa un panorama sucinto sobre el pliego de acusaciones en el expediente difamatorio contra el Hijo de Dios que condujo a las autoridades a la condena, laceraciones físicas y finalmente la muerte en el Calvario.

Es por todos sabido que la pena capital sobre una cruz estaba reservada exclusivamente para criminales que no eran ciudadanos del Imperio Romano. Pero Jesús, contrario a la ejecución de la condena, no era un criminal. Al contrario, toda su vida la invirtió en servir y ministrar a los necesitados.

El juicio contra Jesús de Nazaret violó todas las normas del derecho jurídico. No se le proveyó al Hijo de Dios un abogado que pudiera servir en la defensa y posterior libertad del portador del evangelio.

En primer lugar, toda persona acusada de un delito es considerada –bajo principio jurídico internacional– inocente hasta que se demuestra lo contrario. Además, el derecho romano requería un representante legal para procesar a todo acusado de algún delito. Así que la ausencia de un representante legal muestra la vulnerabilidad y quebrantamiento de las normas jurídicas del Derecho Romano cuando no se le dio seguimiento al proceso según las indicaciones previamente establecidas.

Este juicio podría considerarse como un crimen de estado ya que participaron en la trama y cumplimiento de la sentencia el gobernador Poncio Pilato, representando al Imperio Romano, y el sanedrín, compuesto por los principales sacerdotes, escribas, fariseos y saduceos.

En este alegato contra Jesús participaron también la guardia del templo, el rey Herodes, Anás suegro de Caifás Sumo Sacerdote durante aquel año; quienes interrogaron por breve tiempo a Jesús sobre los cargos en su contra.

Sin embargo, la condena a muerte contra Jesús se conocía de antemano, mucho antes de que este fuera procesado por la corte del gobernador, quien como juez y fiscal a la vez podía determinar a su antojo la suerte de cualquier acusado. Así es que el veredicto contra Jesús ya se había fraguado entre las autoridades judías quienes habían llegado a un consenso de que el nazareno era digno de muerte “porque se hizo a sí mismo Hijo de Dios”.  Ellos tomaron esta expresión de Jesús como una blasfemia, digna de muerte (véase Mateo 26:64-65).

En la confabulación contra Jesús también participó un grupo del pueblo judío quienes pidieron a gritos la muerte del galileo en uno de los juicios más resonados en la historia de la humanidad.

Entre las principales acusaciones ventiladas durante el juicio se destacan la de hacerse Hijo de Dios, debido que se creía a sí mismo igual a Dios, expresión percibida como una blasfemia. Aunque también es sabido por todos que la expresión “los hijos de Dios” es un término utilizado ampliamente en la Biblia Hebrea para referirse al pueblo de Israel. Además, decir que él era Rey de los Judíos, que podía destruir el templo y reconstruirlo sin trabajo manual en tres días; y que se oponía al Cesar, el único rey a quienes los judíos reconocían tener.

Poncio Pilato, gobernador encargado bajo la autoridad del Imperio en esa región, trató de valerse de varias fórmulas que le permitieran deshacerse de cualquier culpa o complicidad en contra de Jesús; a quien consideró inocente después de haberlo interrogado en varias ocasiones. En este juego político de Pilato estuvo siempre la oferta de soltar a Jesús, en vez de dejar libre a Barrabas, bajo la declaración de que no había encontrado ningún delito en Jesús.

Pilato también prefirió enviar a Jesús a Herodes para que fuese interrogado por el rey, buscando siempre la fórmula de quitarse de encima dicha responsabilidad, especialmente cuando su esposa le había comunicado que no tuviera nada que ver con la sangre de ese justo, ya que había sufrido mucho en sueño debido al proceso llevado a cabo contra el acusado.

Ninguna de estas ideas le sirvió al gobernador de Roma para evadir la sangre inocente de Jesús. Anteriormente, el Sumo Sacerdote había decretado que era mejor que un hombre muriera por el pueblo, que el pueblo fuera sacrificado por un hombre.

El gobernador Poncio Pilato quiso inclusive entregar a Jesús a los judíos para que lo condenaran conforme a su ley. Pero a los judíos no les era permitido ejecutar la pena de muerte. Es decir, buscaban la pena de muerte contra Jesús, independientemente de que fuera inocente o culpable. Es más, Pilato, en su intento por salvar la vida de Jesús, se lava públicamente las manos para indicar que no se solidarizaba con la muerte del Rey de los Judíos.

Pero Pilato no podía mantener la neutralidad que él deseaba en este juicio y que quiso exhibir desde un principio a favor de Jesús. Mientras intentaba nuevas formulas, a su paso se le iban cerrando los caminos.  Los sacerdotes encontraron el punto débil del gobernador para colocarlo en un punto vulnerable no solo en el puesto público que ocupaba, sino que su propia vida entraba en juego en esta decisión.

Muy ágilmente, los judíos recurrieron al argumento de que si Pilato soltaba a Jesús –quien decía ser Rey de los Judíos– se constituía en enemigo del Cesar. Aquí Pilato entraba en una encrucijada entre Jesús y el Cesar.

El uso de este argumento para contar con la aprobación del gobernador fue un instrumento persuasivo en contra de la neutralidad de Pilato. Así es que aunque Pilato se lava las manos públicamente para indicar su inocencia sobre el veredicto buscado por el pueblo y los sacerdotes, decide finalmente entregar a Jesús para ser castigado y ejecutado como un criminal.

Tres cosas muy importantes se dilucidaron en este proceso. En primer lugar, Jesús dejó saber al sumo sacerdote de que era hijo de Dios. En segundo lugar, revela a Pilato que había venido al mundo para ser Rey de los judíos, que todo lo que sucedía era para fiel cumplimiento de las Escrituras. En tercer lugar, el reinado de Jesús, no era de este mundo, lo cual dejó a Pilato sin comprender a quien tenía por delante y la enorme responsabilidad histórica que pesaba sobre sus hombros.

Al momento de su arresto, Jesús había dicho a sus discípulos que si hubiese querido habría orado a Dios. En respuesta a su oración, Dios le habría enviado doce legiones de ángeles. ¿Pero entonces cómo se habría cumplido la Escritura de que era necesario de que el Cristo padeciera, muriera y que al tercer día resucitase de entre los muertos?

En verdad, el Nazareno permaneció callado durante casi todo el tiempo que duraron los interrogatorios para verificar la veracidad de las acusaciones en su contra. Sin embargo, notamos que lo dicho por Jesús durante estos interrogatorios fue usado en su contra. Si Jesús lo hubiese deseado, hubiese salido de las trabas de este juicio, como cuando lo quisieron apedrear en el templo y se fue de aquel lugar, sin que la turba pudiese arrojar piedras contra él.

El otro matiz de este juicio es que, aunque resalta la inocencia de Jesús y la vileza humana, la verdad es que todo esto debía cumplirse porque era el plan de Dios para salvar a la humanidad. A esta injusticia humana contra Jesús, el hijo de Dios, se le suman todas las otras injusticias cometidas en contra de otras personas inocentes en el transcurso de la historia humana.

La buena noticia es que este juicio arroja una gran luz para quienes sufren las injusticias de las fuerzas imperiales y gubernamentales del mal, pues el hijo del hombre será visto sentado a la diestra del poder de Dios y viniendo en las nueves del cielo. Esto quiere decir que los poderes del mal tienen poco tiempo sobre la tierra; que al final, el Rey de los judíos, crucificado, muerto y sepultado por la injusticia humana, vive a la diestra del poder de Dios, y desde allá vendrá para juzgar toda injusticia y castigar a todos aquellos quienes se valen de la mentira, el engaño o el poder para cometer actos que van contra el plan de Dios.

Cuando los judíos protestaron contra el titulo escrito sobre la cruz por orden de Pilato, este último afirmó, que lo que él había escrito se quedaba así. Pilato entendió que la condena de Jesús a muerte era una injusticia, pero no pudo escaparse de ella ni aun lavándose las manos. Tal vez como venganza a los judíos, escribió sobre la cruz del Nazareno “Rey de los Judíos”, y lo hizo escribir en el idioma hebreo, griego y latín para que todo el mundo de ese entonces pudiera entender por lo menos los cargos contra el Hijo de Dios.

Finalmente, el Viernes Santo nos recuerda este injusto juicio contra el Hijo de Dios, el suplicio que atravesó en el Pretorio y luego cuando cruzó por la Vía Dolorosa para luego morir, y redimirnos de nuestros pecados, para restaurar a los hombres y las mujeres de todos los tiempos.

El Domingo de Resurrección sella la obra redentora de salvación de Jesucristo el hijo de Dios. A su vez, anuncia el pronto retorno y reinado del crucificado, el Cordero de Dios que quita elpecado del mundo. El volverá para reinar para siempre porque su reino, según las profecías bíblicas, no tiene fin.

 

--Rdo. Rey Díaz es pastor en la IMU en Wisconsin.


el Intérprete, marzo-abril, 2011