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El amor todo lo cura

 

Por Jonathan Mejía

 

“Llenen la tierra y sométanla” (Génesis 1:28). Esta normativa responsabilizó a Adán y Eva a construir la primera civilización sobre la tierra. Para tal descomunal empresa tendían que ser una pareja saludable.

El capítulo 4 de Génesis menciona algunas de las primeras profesiones; veamos, las enumero en la secuencia que aparecen: pastor de ovejas y labrador de la tierra. Se dice que Caín edificó una ciudad. Oiga, para edificar una ciudad hay que tener músculos de acero, sudar, plantarle cara al cansancio… Mmm, me hace pensar en los millones de inmigrantes que han levantado ciudades enteras en este país. Y sigue la lista con músicos y expertos en manejar el bronce y el hierro.

He resumido las profesiones de las ciencias y artes que se desarrollaron al inicio de la historia humana. Obviamente, eran personas sanas porque una persona débil hasta estar en la cama le da dolor de huesos, ¿los conocen?

Una sociedad robusta es el fundamento para continuar el trabajo del desarrollo. Y para mantener la salud del cuerpo hay que poner atención a la salud del alma. El egoísmo de Caín, el primer asesino, lo enfermó con tal obsesión hasta llegar a consumar su crimen. Era el mejor de todos los labradores de la tierra –no había otro– el pastoreo de ovejas no presentaba competencia a su profesión, pero dentro de esa maraña de emociones y mentiras cocinándose dentro del alma, pensó: “a mí no me quieren, yo soy el feo de la familia, mi jefe no se fija en mí, yo trabajo duro y nadie lo nota…”. Con ese cuadro depresivo quemándole las entrañas, ¡pum!, de un trancazo lo mató. De acuerdo, no dice el texto que le dio un batacazo pero, igual, lo ajustició. Con la muerte de Abel, murió el amor ¡y enterramos la salud!

¿Cuántos odios tiene usted acumulados en su alma? ¿Cuántas amarguras? ¿Cuántas tristezas? ¿Cuántas faltas de perdón? ¿Cuántos celos? ¿Cuántos sentimientos de enojo? ¿Cuántas veces, en los últimos meses, ha pedido perdón o ha perdonado a otra persona?

Es tiempo de abrir las murallas del alma, ese castillo fortificado que llevamos dentro. Es hora de bajarnos de la torre del orgullo y liberar la chatarra emocional. Permitamos que entre una ráfaga de aire fresco y corramos como niños en el momento del recreo: libres, energizados y alegres creyendo que esos momentos de lucidez son eternos.

Hay practicar la fe y no quedarnos en las teorías. Volvamos los ojos al mandamiento insuperable en el cual Jesús fundamenta la conducta: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas (…) y amarás a tu prójimo como a ti mismo”.

Estos tres amores –a Dios, al prójimo y a uno mismo– son la medicina contra todos los males y el secreto para una vida saludable. Porque el amor cura toda herida.

 

--Jonathan Mejía
Curridabat, Costa Rica