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Bienaventurados los pobres

 

Por Fanny Geymonat-Pantelís


Jesús no habló ni actuó en el vacío, sino en el tiempo histórico en que vivió, ministró, murió y resucitó. Dios se encarnó en el pueblo judío, que esperaba un Mesías y estaba sometido a los romanos en lo político y a los griegos en lo cultural.

¿Por qué Jesús fue tan duro con los ricos? ¿Por qué defendió siempre a los pobres y les prometió el Reino de Dios? Para entender mejor a Jesús, es importante conocer el mundo donde interactuó como pobre y artesano carpintero.

Palestina entretejía el predominante valor religioso con lo político, económico y social. Las costumbres greco-romanas influían en la comunidad judía de Palestina y en todo el vasto imperio; Jesús actuó según fe y valores religiosos de su pueblo. Veamos algunos grupos sociales de esta sociedad.

La gente rica, clase pequeña y poderosa, llevaba una vida suntuosa, podían comprar la ciudadanía romana; y, por conveniencia, mantenían buenas relaciones con tal poder. Eran los soberanos de la corte, grandes latifundistas, comerciantes y jefes de los cobradores de impuestos.

La aristocracia sacerdotal pertenecía al mismo grupo, integrado por el sumo sacerdote y otros sacerdotes. En sus manos estaba todo el poder político, religioso y financiero. Jesús les dijo que habían convertido la casa de Dios en cueva de ladrones, apropiándose, además, de los donativos del templo (Lucas 11:37-54).

Defendió a los pobres, no por ser mejores, sino por ser víctimas de un sistema corrupto e injusto.

Los saduceos, partido político-religioso, vendidos al poder romano y su injusticia opresora, sin preocupación por sus nacionales.

Los ancianos cobraban los impuestos mediante los publicanos, a quienes explotaban y, a su vez, eran odiados por el pueblo, que sólo consideraba válido el impuesto pagado al templo.

Los fariseos y escribas, estudiosos conocedores y practicantes de la ley al detalle, a la que sumaron otras de pureza ritual. Se creían superiores a los pobres. Jesús los llamó hipócritas, pues decían una cosa y hacían otra (Marcos 7:1-8, Mateo 5:20; 23:10 ss.).

La gente pobre era la mayoría de la población judía, sin valor ni poder, no podían comprar la ciudadanía imperial. Esta clase estaba compuesta de esclavos, jornaleros, mendigos, prostitutas, leprosos, entre otros (Mateo 11:4-6; 21:31; 25:31-46).

El campesinado era el grupo más populoso. En las regiones rurales, los romanos mantenían el "orden y la paz" mediante fuerzas militares, controlando con celo los impuestos. Eran tantos para los magros ingresos campesinos, que cuando ya no podían pagar, se les despojaba de sus tierras. La situación muchas veces fue intolerable, levantándose grupos violentos, tipo guerrillas, como los zelotes. Jesús tomó distancia de ellos, pues buscaban un Mesías político y no el Siervo Sufriente del profeta Isaías.

La clase media era un grupo pequeño de comerciantes, artesanos, hospederos menores, dueños de sus negocios.

Jesús tuvo en cuenta a otra clase: la mujer. La vida de las mujeres dependía de los intereses de la gente adinerada por un lado y, a todo nivel, de los hombres. Las pobres sufrían una doble opresión, en una sociedad judía que ponía a las mujeres al nivel de los esclavos y los niños, aun ante Dios.

Greco-romanos y judíos, consideraban a la mujer y a los niños como inferiores. Incluso los discípulos pensaban así (Marcos 10:13-16; Juan 4:1-45). Jesús actuó y enseñó en repetidas ocasiones para transformar la situación de las pobres entre los pobres.

Jesús tampoco aceptó la corrupción, la injusticia y el oportunismo que hacían a los ricos más ricos y a los pobres más pobres. El mal no estaba en poseer riquezas, sino en cómo las obtenían y por amarlas más que a Dios y al prójimo (Mateo 6:24). Defendió a los pobres, no por ser mejores, sino por ser víctimas de un sistema corrupto e injusto. Llamó a ambos grupos al arrepentimiento, buscando que todos confiasen en el amor compasivo de Dios para que nadie sufriese pobreza.


-- Fanny Geymonat-Pantelís


el Intérprete, noviembre-diciembre, 2008