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Adelante, soldado: LA RESPUESTA DE UN HIJO

 

Por Edgardo Rivera


Temprano por la mañana, todavía sintiendo la agonía de una larga noche sin dormir, el soldado mira en el espejo, esperando ver el reflejo de su más profundo deseo: que esto no sea más que un sueño y que está en casa con aquellos a quienes guarda fielmente en lo profundo de su corazón.

Al contrario, el espejo con verdad refleja la incólume realidad. Lento, sombrío y reverente, se pone su gorra y ve al soldado llamado a servir y defender su patria y guiar espiritualmente a sus hermanos y hermanas en una tierra que dio comienzo a la civilización.

La mesa está rodeada de familia: esposa, dos hijos, una madre tragando miedo, dolor, esperanza, a la vez que toman desayuno juntos, por el resto de esta larga separación. Comparten, ríen y sonríen, tratando de diluir el dolor, tratando de detener la realidad por un momento. El soldado atesora este momento reafirmarnte con aquellos con quienes lo comparte, su más grande tesoro: su familia.

El tiempo se detiene. El tic-tac del reloj se oye pero el tiempo no da señales de movimiento. Parados en la habitación, tomados de la mano, orando. Las lágrimas fluyen como arroyuelos. Arroyos de tristeza, arroyos de esperanza.

El soldado abraza a su hijo apretadamente. "Te amo", le dice, "estoy orgulloso de ti. Sigue cantando y recuerda quién eres. Me inspiras, hijo mío". Sella sus confortantes palabras con un beso en la triste mejilla del hijo. El segundo hijo es más callado pero el soldado lo entiende, de modo que con ternura le muestra el mismo gesto que le dio a su otro hijo.

"Recuerda tener fe y ser fuerte, hijo mío, tal como te decía cuando crecías siendo niño", dice la madre del soldado, ahogándose en las corrientes profundas de sus propios temores. Le da el beso más tierno que una madre puede dar a un hijo, su único hijo.

Se mueve hacia su esposa. Parece como si ella hubiese sido herida, apuñalada por el puñal de la amarga realidad. Se abrazan. Sueñan con estar abrazados por siempre. La deja ir pero sigue abrazándola en su corazón.

El soldado con sus morrales sale de casa secándose la última lágrima. Tiene esperanza porque este es su deber, su llamado divino. Sale a defender su patria. "Pro Deo et Patria", por Dios y la patria, crea un punzante canto, la cadencia motivante de su corazón, alma y mente, al marchar adelante a la tierra que crió la civilización para guiar espiritualmente el ejército de uno.

¡Te quiero, Papi! Oro que Dios te use para predicar la palabra y guiar a otros soldados. Es tu llamado verdadero y te voy a echar de menos terriblemente&ellipsis; Ahora, marchemos adelante, soldado, porque esta es la vida que Dios nos ha dado para vivir.



--Edgardo Rivera, es un guía del Ministerio Hispano-latino. Conferencia Anual Baltimore-Washington. El Rdo. Rivera fue desplazado a servir en Iraq.


el Intérprete, julio-agosto, 2009